Subí dos tramos de escaleras hasta mi pequeño estudio. El corazón me latía fuerte. Demasiado fuerte. Sabía que él vendría. La puerta entreabierta, como acordamos. Me coloqué frente a la mesa, con esa última hoja grande de resultados delante de mi monte. Mi marmota rousse, como me llamaban ellas. Nervios. Sudor en las palmas. ¿Y si no venía? ¿Y si venía y huía? El plan de las chicas me había atrapado. Quería vengar el poema, pero yo… yo lo quería a él desde hacía meses. Amor prohibido. Trabajo y sentimientos no se mezclan. Pero el deseo ardía. No había marcha atrás. Oía sus pasos. Empujó la puerta. Su mirada. Torpe, ansiosa. Me sonrió. Fingí normalidad.

—Dónde estábamos? —le dije, voz temblorosa. Rabaté la hoja. Ahí estaba. Mi sexo expuesto sobre el borde de la mesa. Dodu, húmedo ya de anticipación. Sus ojos se clavaron. Se le aceleró la respiración. Me pidió sentarse en el sillón. Obedecí el juego inverso. Caminé hacia él, solo con una camisa corta flotante. Me paré entre sus rodillas, las mías rozando las suyas. Tomé sus manos. Se las puse en mi cintura. Corazón desbocado. Sus dedos temblaban. Le expliqué todo. El complot de las poulettes. Mi amor secreto. El dilema. No follar como una cualquiera. Dar el change a las chicas sin traicionarme. Sus ojos brillaban. Confusión. Deseo. Le pedí que desabotonara la camisa. De abajo arriba. Yo de arriba abajo. El botón central saltó. Mis pechos saltaron libres. Duros, puntiagudos. Los meneé. Su polla se endurecía bajo los pantalones. Oí su pulso en las venas del cuello.

La aproximación: nervios y deseo incontrolable

Sus dedos subieron por mis muslos. Rozaban mi rizo. Mi clítoris palpitaba. —Ni tocar —susurré. Se frustró. Me giré. Culito en pompa para ponerme las bragas. Sabía que miraba. Me deslicé un poco en el sillón para verle ajustar su verga. Gruesa. Dura. Mi coño chorreaba. Volví. Me arrodillé entre sus piernas. Desabroché. Bajé la cremallera. Presioné. Grande. Muy grande. ELASTICO del slip arriba. La saqué. Hampe lisa, venosa. Cabeza hinchada. —Tienes una polla preciosa —le dije. Se irguió más. Pulsó. La miré con hambre. Ganas de mamarla. Pero no. Tenía que parar ahí. Para las chicas. Para mí. Remangó el elástico. ¡Snap! Rebotó en su freño. Su cara. Pánico. Placer. Eyaculación inminente. Manos en copa. Recibí el primer chorro. Caliente. Espeso. Llenó mis palmas. Otro. Otro. Murmullos. —Se deja ir el bebé… Lo limpié con la camisa. Se untué los pechos. La boca. Salado. Dulce. Éxtasis en su gemido.

Nos sentamos al borde de la mesa. Taboulé. Sardinas. Agua fresca. Rodillas tocándose. Hablamos de resultados. Tiempo fugaz. Se levantó. Beso en la mejilla. Se pegó. —A más ver? Sus ojos tristes otra vez. Amor no resuelto. Cerré la puerta. Me duché. Agua caliente sobre mi piel. Dedos en mi coño. Pensando en él. En su leche. En lo que no pasó. Inocencia rota. Ya no era la thésarde ingenua. Desperté. Mundos nuevos. Venganza cumplida. Pero ganas de más. Mucho más. Ahora, años después, sonrío. Aquella primera vez torpe, manual, me cambió. Me abrió al placer crudo. Al hombre que me marcó.

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