Estaba en la playa, pies hundidos en la arena tibia, el agua lamiendo mis tobillos. El sol ardiente secaba la ceniza de mi piel, pero el corazón me latía desbocado. Poseidón me había dejado allí, desnuda aún, con las néréides acercándose. Sus cuerpos escurridizos, semihumanos, brillaban como perlas vivas. Sentí el primer escalofrío: miedo y algo más, un cosquilleo prohibido en el vientre.

Me miraban con ojos profundos, invitándome al char. Sus manos frías rozaron mi brazo. ‘Síguenos’, murmuró una, voz como burbujas. El pulso se aceleró. Sabía que no había vuelta atrás. Bajamos. La presión crecía, oídos taponados, cabeza a punto de estallar. Nerviosa, jadeaba. Ellas me calmaron: dedos suaves en las sienes, masajeando lento, circular. Mi piel se erizaba. ¿Era esto? ¿Mi primera vez, aquí, en el abismo?

La Aproximación: Temblores en la Espera

La oscuridad nos envolvió. Solo las antorchas submarinas parpadeaban verdes. El frío mordía, pero sus cuerpos radiaban calor. Una me tomó la mano firme, la otra rozó mi cintura. Corazón martilleando como tambor de guerra. Bajábamos palier a palier, mi cuerpo flotando ingrávido. Temor al ahogo, pero deseo creciente. Sus pechos rozaban los míos accidentalmente. O no tan accidental. Respiraba entrecortado, pezones endureciéndose en el agua gélida.

De pronto, labios suaves en los míos. Oxígeno dulce, cálido. No era solo aliento: lengua tímida explorando. Primera beso real, crudo, salado. Mi inocencia se resquebrajaba. Respondí torpe, chupando su boca como ahogada en néctar. Manos bajaron: una masajeaba mi cuello, la otra se coló entre mis muslos. Dedos curiosos rozando el calor oculto. Gemí burbujas. Nervios explotando en placer virgen.

El Instante y la Huella: Descubrimiento y Eco Eterno

El instante estalló. Flotábamos en negro absoluto. Sus cuerpos se pegaron al mío. Piel contra piel resbaladiza. Una succionó mi pecho, dientes suaves mordiendo pezón. La otra abrió mis piernas, lengua lamiendo clítoris hinchado. Primera caricia íntima, brutal, divina. Arqueé espalda, uñas clavándose en sus hombros escamosos. Latidos ensordecían. Entró un dedo, luego dos. Estiré, llena, rota. Orgasmo vino como tsunami: espasmos, gritos mudos en agua. Ellas bebían mis jugos mezclados con mar.

Después, quietud. Flotábamos exhaustas. Ellas me besaron suave, adiós tierno. Me soltaron ante la corriente luminosa. Corazón aún acelerado, cuerpo tembloroso. Salí de la inocencia: ya no niña, mujer marcada por abismo. La pasa me aspiró, pero el eco quedó: sabor salado en labios, pulso nuevo en sexo. Aquella primera vez en profundidades abrió horizontes. Miedo vencido, deseo despierto para siempre. Ahora, al recordarlo, el vientre se contrae. Fue real, crudo, mío.

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