En las mazmorras del castillo de Saint-Jean, el aire olía a hierro y sudor. Atado a la pared, con las muñecas en grilletes fríos, esperaba. Gautier y el joven temblaban a mi lado. Ilsa había ordenado nuestro traslado en carruaje, sus ojos clavados en mí toda la noche. Sabía que no había vuelta atrás. Mi corazón latía como un tambor de guerra. ¿Miedo? Sí. Pero también un cosquilleo traicionero en el estómago, un calor subiendo por mis venas. Ella era la diosa de este infierno, desnuda en los vitrales, eterna. Yo, un periodista del futuro, roto y sucio, sentía mi polla endurecerse contra mi voluntad. Nervios me ahogaban. Sudaba. El collier en mi cuello zumbaba, recordándome este universo retorcido.
Sus pasos resonaron. La puerta se abrió con un chirrido. Entró, envuelta en cuero negro que apretaba sus curvas imposibles. Pechos altos, cintura de avispa, caderas que prometían ruina. Sonreía, cruel. ‘Carter, mi juguete interdimensional’, murmuró. Se acercó lento, su aliento caliente en mi cara. Olía a almizcle y poder. Tocó mi pecho con uñas largas. Temblé. ‘Has resistido tanto… pero hoy te entrego’. Gautier gimió, pero ella chasqueó dedos y los guardias los arrastraron fuera. Solo quedamos ella y yo.
La aproximación: miedo y deseo en la espera
El deseo me traicionaba. Mi respiración se aceleraba. Ella rio bajito, desatando mi camisa raída. Sus dedos rozaron mi piel, áspera por el viaje. Me erizó entero. ‘Primera vez rindiéndote así, ¿verdad?’. Asentí, mudo. El corazón me martilleaba el pecho. Bajó la mano, palpó mi erección a través del pantalón roto. Gemí. Maladroite, torpe, como un crío. Pero excitado como nunca. Ella se arrodilló, ojos fijos en los míos. Desabrochó mi bragueta con dientes. Mi polla saltó libre, palpitante, venosa. Primera vez que una diosa me la mamaba.
Su boca era fuego húmedo. Labios carnosos envolviéndome, lengua girando en la punta. Chupaba fuerte, aspirando, saliva chorreando. Me arqueé contra las cadenas. Sensaciones nuevas explotaban: calambres placenteros subiendo por mi columna. Nervios me nublaban la vista. ‘¡Joder!’, grité. Ella aceleró, garganta profunda, arcadas suaves que vibraban en mí. Mis huevos se contraían. Maliciosa, paró justo antes. Se levantó, se quitó el corsé. Pechos perfectos, pezones duros como balas. Me besó, salvaje, mordiendo mi labio. Sangre dulce.
El instante y la huella: placer eterno
Me soltó un grillete. ‘Tócame’. Manos temblorosas en sus tetas. Suaves, pesadas. Pellizqué pezones, ella gimió ronco. Primera vez dominando y siendo dominado. Me empujó al jergón sucio. Se montó encima, coño rasurado rozando mi polla. Húmeda, caliente. Se hundió lento. Estrecha, apretándome como un puño vivo. Grité. Ella cabalgaba, salvaje, uñas en mi pecho. Ritmo brutal. Sudor nos unía. Mis caderas subían torpes, chocando. Corazón desbocado. Orgasmo subía como lava.
Exploté dentro. Chorros calientes llenándola. Ella rio, corriéndose conmigo, contrayéndose. Colapsamos, jadeantes. Después, vacío dulce. Inocencia rota. Ya no era el periodista escéptico. Ilsa me había marcado. El collier ardía. Sabía que volvería por más. Fin de mi resistencia. Inicio de devoción visceral.