En la iglesia, el silencio pesaba como plomo. El incienso flotaba, pegajoso en el aire húmedo. Mi corazón latía desbocado, un tambor en el pecho. Tenía dieciocho años recién renovados, piel tersa, curvas que ardían bajo el hábito improvisado. El príncipe me había dado esta segunda juventud, y yo, su puta fiel, entraría en acción por primera vez en este templo. Miedo y deseo se enredaban en mi vientre. ¿Y si fallaba de nuevo? Pero no había marcha atrás. El cura estaba allí, de rodillas ante el altar, murmurando oraciones. Sus hombros anchos bajo la sotana negra. Me acerqué, pasos torpes, rodillas flojas. El roce de mi falda contra los bancos de madera crujía como un pecado audible.
Respiraba entrecortado. Sudor frío en la nuca. Me detuve a su lado, el olor a hombre maduro me golpeó: jabón rancio y algo más, animal. ‘Padre’, susurré, voz ronca, temblorosa. Él levantó la vista, ojos oscuros, sorprendidos. Mi mano rozó su hombro por accidente. O no. Electricidad. Mi piel ardió. Él se irguió lento, alto, imponente. Intenté sonreír, pero salió torcido, nervioso. ‘¿Qué te trae aquí, hija?’, preguntó, voz grave. Me acerqué más, pechos rozando su brazo. Corazón en la garganta. Deseo mojado entre mis piernas. No retroceder. Esto era nuevo: tentar a un santo, romper el voto en su propia casa. Sus ojos bajaron a mi escote, vacilaron. Mi mano subió a su cuello, dedos inexpertos temblando. Piel caliente bajo la tela. Él tragó saliva. El aire se espesó, cargado de lo prohibido.
La aproximación temblorosa
Sus manos me agarraron las muñecas, firmes pero dudosas. ‘No’, murmuró, pero su aliento caliente en mi cara lo traicionaba. Lo empujé contra el confesionario, madera dura en su espalda. Mi boca encontró la suya, torpe, hambrienta. Beso áspero, dientes chocando, saliva mezclada. Primera vez así: salvaje, sacrilega. Sus manos liberadas bajaron a mis caderas, apretando carne joven. Gemí bajito, vibrando contra su lengua. Le arranqué la sotana, botones saltando. Pecho velludo, duro. Mis dedos inexpertos bajaron, rozando su polla ya tiesa bajo los calzoncillos. Gruesa, palpitante. La saqué, piel suave y venosa. Primera vez tocando algo tan vivo, tan pecaminoso. Él jadeaba, ojos cerrados, culpables. Me arrodillé, iglesia testigo, crucifijo mirando. Boca abierta, lo lamí torpe, saliva goteando. Sabor salado, nuevo. Él gruñó, manos en mi pelo, empujando.
El instante de la entrega
Me levantó, falda arriba, bragas rasgadas. Espalda contra el altar frío. Piernas abiertas, vulnerable. Su verga rozó mi coño húmedo, resbaladizo. Entró de golpe, dolor agudo y éxtasis. Primera penetración real, rompiendo todo. Gritito ahogado, uñas en su espalda. Bombeaba fuerte, sudoroso, animal. Yo arqueada, tetas botando, pezones duros rozando su pecho. Iglesia resonando con carne contra carne, jadeos profanos. Orgasmo subiendo, tensión en el bajo vientre, explosión. Chorros calientes dentro, semen pecador llenándome. Colapsamos, pegajosos, temblando.
Después, el silencio volvió, roto solo por respiraciones. Semen goteando por mis muslos, marca indeleble. Él se apartó, ojos horrorizados, cruzándose. Yo, tendida en el altar profanado, sentía el mundo cambiado. Inocencia hecha trizas, placer culpable latiendo aún. Ya no era la flétrie; era la corruptora. El príncipe sonreía en las sombras. Aquella primera vez me abrió al abismo: nervios convertidos en adicción, iglesia en burdel eterno. Adulta, manchada, viva.