Me siento en el sillón de lectura. El corazón me late fuerte. Son las cinco de la tarde. Llego sudada, sin bragas. Las dejé en la guantera del coche, un impulso loco. El aire huele a él. Su voz suave me desarma. ¿Volverá a leer mis pensamientos? Me tiemblan las manos al abrir el libro. No es el mismo. Manuscrito. Finas letras. Empiezo a leer. Voz entrecortada. Él se acerca por detrás. Silencioso. Sus manos en mis hombros. Piel erizada. No paro de leer. Pero siento su calor. Miedo y deseo revueltos. Sus dedos bajan. Rozan mi cuello. Pulso acelerado. Sé que no hay marcha atrás. Quiero que me toque. Que me vea con sus manos.
Sus labios en los míos. Primer beso. Piernas flojas. Me sostiene. Lengua caliente, juguetona. Sabe a prohibido. Me dejo caer en él. Después, me ordena sentarme. Obedezco. Tenso. Espero. ‘¿No llevas ropa interior por mí?’, pregunta. Rojo de vergüenza. Asiento. Él lo sabe todo. Manos en hombros. Deslizan la camisa. Pezones duros. Los roza. Corriente eléctrica al coño. Humedad brota. Leo tartamudeando. Dedos aprietan mi cuello. Suave al principio. Fuerte después. Aire escaso. No tengo miedo. Estoy suya. Relaja. Vuelve a las tetas. Las amasa. Pesan en sus palmas. Bajo la cremallera. Falda cae. Desnuda. Totalmente expuesta. Sigue explorando. Vientre, caderas. Boca en oreja. Lengüetazos. Gimo bajito. Huele a sudor suyo. Fuerte, masculino. Me excita más. Polla dura contra el sillón. La imagino. Él desnudo también. Igualdad. Nuestros sentidos en llamas.
La aproximación: Temblor ante lo inevitable
Me pone un pañuelo en los ojos. Oscuridad. Ahora soy yo la ciega. Manuscrito fuera. ‘Vive la depravación sensorial’, dice. Cuerpo contra el mío. Pecho peludo en mi espalda. Ondas lentas. Fricción. Coño chorreando. Manchas el sillón. No me importa. Gime. Yo también. Manos en muslos. Abro piernas. Dedos rozan labios hinchados. Entran. Lentos. Profundos. Jadeo. Orgasmo sube. Brutal. Me corro gritando. Él eyacula contra mí. Calor pegajoso. Tiembla. Yo también. Quita pañuelo. Beso tierno. Me visto temblando. Salgo. Piernas débiles.
Ahora, repaso aquello. No remordimientos. Orgullo. Rompí barreras. Mi inocencia se fue en ese sillón. Descubrí sumisión placentera. Un ciego me vio más que nadie. Mi marido, ajeno. Volvería mil veces. Aquella primera caricia abrió puertas. Maduré en placer puro. Nervios convertidos en adicción. Corazón aún late recordándolo.