Esa noche volvía del curro en el tranvía, hecho polvo como siempre. Agosto, calor asfixiante. El vagón rebosaba gente nerviosa. Me quedé pegado a las puertas, en las escaleras del fondo, sin moverme. Pensaba en el día, en el mañana. De repente, parada. Empujones. Gente entrando y saliendo. Al arrancar, me topo de frente con ella. Ecuatoriana, joven, veinte y tantos. Bajita, pero jodidamente sexy. Mi cara, un poco más abajo, rozaba su pecho. Top negro ajustado, falda corta sobre muslos morenos. Nuestras miradas chocan. Sonríe. Se pega más. Mi nariz contra sus tetas. Nadie nota nada en esa masa humana.

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El corazón me late fuerte. Siento la polla endurecerse. Ella se frota contra mí, clara invitación. Tímido, rozo su muslo con el dorso de la mano. No se aparta. Subo con ambas manos, despacio. Bajo la falda. Palpitaciones en las sienes. Le acaricio el culo con ganas. Gime bajito, le gusta. Frenazo. Más empujones. Se gira, me da la espalda. ¿Fin del juego? No me atrevo. Mi nariz en sus omóplatos. Piel bronceada perfecta. Perfume dulce de pelo. Bretel roja de sujetador. Hipnotizado. Sus manos agarran las mías, las mete bajo la falda, en sus caderas. Mensaje claro: quiere más.

La Aproximación

Manoseo el interior de sus muslos. Toco la braguita, suave algodón. Humedad evidente. Meto un dedo bajo el elástico, en el surco. Húmedo, caliente. Añado otro, luego un tercero. Toda la mano. No creo lo que pasa: masturbo a una diosa desconocida en un tranvía lleno. Ella se retuerce, finge normalidad. Minutos después, largo suspiro. Orgasmo reprimido. Una tía se gira, curiosa, pero sigue con su revista. Mi verga a punto de estallar. Frustración crece. No puedo follarla ahí. Quiere bajarse, temo perderla sin correrme.

Se gira, sonrisa enorme. Me mira fijo. ‘¡Ven!’, susurra con voz exquisita. Encantado. Parada. Baja abriéndose paso. La sigo. Camina delante, culo divino meneándose. Calle desconocida. Entra en un portal, deja puerta abierta. Sube escaleras, espera en su piso con puerta abierta, ojos pícaros. Me invita. Me empuja al sofá grande. Se tumba, quita bragas, abre piernas. ‘¡Lámeme!’, ordena juguetona. Coño negro, peludo, clítoris hinchado. Me lanzo, lengua dentro. Piernas al cielo, gime suave.

El Instante

Llave en cerradura. Me levanto. Ella esconde bragas. Entra él: bajito, fornido, ecuatoriano, manos de yeso. Obrero, cansado, gruñón. No lo esperaba. Saluda seco, me mira desconfiado. Charlan en español frío. Pareja en crisis. Va al baño, ducha abierta. Pensé que me echaría. No. Sube falda, se pone a cuatro patas en sofá. ‘¡Date prisa, poco tiempo!’, murmura ardiente. Audacia loca. Saco polla por cremallera, la agarro de caderas, entro de un golpe hasta el fondo.

Gime placer. Yo casi me desmayo, tan bueno. Vaivén silencioso, pero excitado, caderas chocan. Glande resbalando en paredes calientes. Ella reprime gemidos. Culo firme rebota. Ducha suena. Quiero saborearla lento, pero no hay tiempo. El tipo nervioso acecha. No aguanto. Semilla sube, espasmos. Ella grita bajo. Le tapo boca. Cara jadeante me remata. Eyaculo fuerte dentro. Ella tiembla, segundo orgasmo, ahogado.

Me echo a su lado, polla aún en ella. Se gira, sensual, me la chupa. Limpia gotas de semen, ojos en los míos. Temblor total. Ducha para. Salgo rápido, con sus bragas en bolsillo. Recuerdo eterno. Esa noche inocencia rota. Mundo nuevo de deseo salvaje, riesgo puro. Corazón acelerado aún. Adulto de golpe.

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