La puerta se cerró. Sylvie se fue. Quedé sola en la habitación. El corazón me latía fuerte. El estómago revuelto. Ese malestar dulce bajaba al vientre. Me acerqué al espejo grande del armario. Me miré. Ojos grandes, asustados. Cabello negro rizado cayendo sobre hombros. La falda plisada larga, como siempre. Respiré hondo. Las manos temblaban. Recordé su voz: ‘Muéstrame tus piernas’. El rubor subió. Pero ahora nadie veía. Solo yo. Y el espejo. Lentamente, agarré la falda. La subí. Rodillas primero. Piel suave, morena. Muslos redondos. Nunca me había visto así. El pulso acelerado. ¿Pecado? Sí. Pero irresistible. Subí más. La braga blanca de algodón apareció. Apretada contra mi sexo. Un calor nuevo brotó ahí. Húmedo. Inesperado. Me quedé quieta. Mirando. El deseo crecía. No podía parar. Sabía que no volvería atrás. Esto era mío. Mi elección. El mundo fuera del convento empezaba aquí.

Manos sudadas. Bajé la falda un segundo. No. Volví a subirla. Hasta la cintura. El espejo devolvía mi imagen: piernas abiertas un poco, braga tensa. El vientre se contrajo. Algo palpitaba abajo. Impulso fuerte. Llevé la mano derecha. Dudé. Corazón en la garganta. Tocqué la tela. Suave. Cálida. Presioné. Un jadeo escapó. Electricidad. Subió por la espalda. Nunca nada igual. Deslicé dedos bajo el elástico. Piel desnuda. Vello suave. El clítoris hinchado. Lo rocé. ¡Dios! Explosión. Caderas se movieron solas. Malhabile. Torpe. Pero delicioso. Empujé un dedo adentro. Húmeda. Caliente. Resbaladizo. Gemí bajito. Ritmo lento. Ojos cerrados un instante. Luego abiertos. Vi mi cara: mejillas rojas, labios mordidos, ojos vidriosos. Aceleré. Fricción. Placer crudo. Piernas temblaban. Vientre en llamas. Sudor en la frente. Más profundo. Dos dedos. El ano se contrajo. Todo vibraba. Orgasmo vino. Brutal. Olas. Grité ahogado. Cuerpo arqueado. Líquido en la mano. Caí de rodillas. Jadeante.

La Aproximación: Temblor ante lo Desconocido

Después, silencio. El suelo fresco contra piel. Miré la mano húmeda. Olía a mí. Pecado consumado. Inocencia rota. Pero libre. Sonreí temblando. El convento atrás. Esto era vida. Adulta. Mi cuerpo, mío. El malestar se fue. Paz nueva. Exaltación. Me levanté despacio. Limpié con la falda. Vestí. Pero sentía todo diferente. Sensible. El espejo ahora amigo. Sabía que repetiría. El mundo profano me esperaba. Con sus tentaciones. Y yo, lista. Corazón calmado. Pero excitado por lo nuevo.

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