Era tarde, pasadas las siete en la tienda de congelados. El neón parpadeaba sobre los anaqueles helados. Yo tenía veinte años, fresca con mi BTS en la mano, pero sola desde las cinco de la mañana descargando camiones. El cuerpo me dolía, las piernas temblaban de frío y agotamiento. El formador, ese tipo de treinta y tantos, musculoso y con ojos que me escaneaban como un código de barras, había prometido volver para ‘ayudarme a tomar las riendas’. Mi corazón latía fuerte. Sudaba bajo la bata blanca, pese al hielo que nos rodeaba.

Esperaba en la trastienda, entre cajas apiladas y el zumbido del congelador industrial. La puerta trasera crujió. Entró él, con esa sonrisa torcida. ‘¿Todo bien, jefa?’, dijo, acercándose demasiado. Olía a tabaco y colonia barata. Mis manos temblaban al guardar las facturas. No había nadie. Seis días a la semana, de nueve a siete sin parar, y esa noche, el deseo me traicionaba. Miré sus brazos fuertes, imaginando. El miedo me apretaba el estómago: ¿y si alguien entra? ¿Y si esto arruina todo? Pero el cuerpo ardía. Sus dedos rozaron mi cintura al pasar. No me aparté. El pulso en las sienes, la boca seca. Sabía que no daría marcha atrás. ‘Ven’, murmuró, tirando de mí hacia el rincón oscuro detrás del congelador.

La aproximación: Tensión en la soledad del turno

Sus labios chocaron contra los míos, torpes al principio. Mi primera vez besando de verdad, no esos piquitos de adolescentes. Lengua invasora, sabor a menta rancia. Me empujó contra la pared fría, el metal helado en la espalda. Manos por todas partes. Desabrochó mi bata con urgencia, exponiendo mis pechos. Pezones duros como el hielo. Gemí bajito, sorprendida por mi voz. Bajó la cremallera de mi pantalón, dedos ásperos en mi piel. Yo, nerviosa, palpé su polla dura bajo los vaqueros. Gruesa, palpitante. Nunca había tocado una así. Se la saqué, temblando. Caliente, venosa. Él gruñó, metiendo mano en mi tanga empapada. Dedos resbalando en mi coño virgen, húmedo de anticipación. ‘Estás chorreando’, susurró. Entró un dedo, luego dos. Dolor punzante mezclado con placer eléctrico. Mis caderas se movieron solas, chocando contra su mano. El corazón desbocado, sudor frío goteando. Me arrodillé, impulsiva. Boca en su verga, salada, enorme. Chupé mal, tosiendo, pero él jadeaba. Me levantó, me giró. Pantalones a los tobillos. Su glande presionando mi entrada. ‘Relájate’, dijo. Empujó. Desgarro ardiente. Grité ahogado. Sangre tibia bajando por mis muslos. Él embistió, rudo, el congelador vibrando con nosotros. Placer crudo, oleadas subiendo desde el vientre. Clímax brutal, mi cuerpo convulsionando, uñas clavadas en sus hombros. Él se corrió dentro, caliente, lleno.

Quedamos jadeando, pegados al frío. Se subió los pantalones rápido. ‘Buen trabajo, jefa’, rio, saliendo como si nada. Yo sola, semen goteando, piernas flojas. Me limpié con papel de cocina, el espejo del baño mostrando mi cara sonrojada, ojos nuevos. Inocencia rota en esa trastienda gélida. Excitación que abrió puertas, pero también la sombra: meses después, el agotamiento me tumbó, el curro me devoró. Aquella primera vez, mezcla de éxtasis y vacío, me marcó para siempre. El cuerpo recordaba el fuego, el alma el precio de la entrega.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *