En el asiento del pasajero, rumbo a la playa al amanecer, mi corazón martilleaba aún. Recordaba esa primera vez, el momento que quebró mi mundo inocente. Semanas de libros prohibidos con el profesor Dimitri. Esos relatos de hipnosis, esclavas, abusos. Me mojaba leyéndolos a solas. Él, con su mirada dulce, me había visto. Me prestó su nueva erótica, donde yo era la protagonista: tímida, miope, con culo grande. Leí, me toqué pensando en él. Nervios en el estómago. ¿Iba a pasar?

El jueves llegó. Jean ajustado, camisa rosa. Esperé en la biblioteca, sudando. Él entró tarde, casi cierre. ‘Te espero en el Café des Négociants’, dijo. Corazón en la garganta. ¿Ir o no? La aguja del reloj avanzaba. Salí, crucé la plaza. Ahí estaba, escribiendo. ‘Dime la verdad, Odile. ¿Te gustaría obedecerme?’ Balbuceé. Confesé mi timidez, mi ansia de órdenes. Me tendió el collar rojo de cuero. ‘Si lo pones, obedeces. Se quita cuando quieras’. Manos temblorosas. Lo cerré en mi cuello. Clic. No había vuelta atrás. Silencio. Sus ojos claros. Míos nerviosos. ‘Sígueme a la reserva’.

La Espera que Todo lo Cambió

Caminamos. Yo delante, él mirando mi culo. Entramos en la biblioteca oscura. Reserva sin ventanas. Luz tenue. Puerta cerrada. ‘Quítate el pantalón’. Voz neutra. Dedos torpes en el botón. Jean bajando lento, culo expuesto. Culotte bonita, gracias a Dios. ‘¿Te has masturbado aquí?’ ‘Sí, por ti’. ‘Muéstrame tus tetas’. Camisa fuera, sujetador contorsionado. Pezones duros. ‘Última vez con sujetador’. Sus ojos: niño en Navidad, no depredador. Bajé la culotte. ‘¡Qué pelambrera! Epílalo ya’. Vergüenza ardiente. ‘Métete la mano y córrete de verdad’.

El Contacto Brutal y el Éxtasis

Piernas temblando. Dedos en mi coño empapado. Clit erecto. Ojos cerrados. Pellizco el pezón. Gimo. Su voz: ‘Bien, putita’. Imaginé su polla dura. Pensé en Antoine viéndome. Vague gigante. Orgasmo me paralizó. Grité como animal. Abrí ojos: él se iba. Puerta abierta. Sola, jadeante, piernas flojas. Culotte pegajosa a la basura. Sujetador al bolso. Pezones rozando tela, dolor dulce. Caminé a casa, alma expuesta.

Esa noche insomne lo entendí. Lección cruel: no enamorarme. Me había usado, follado mi mente. Pero abrí puertas. Inocencia rota. Ahora, con Antoine al volante, rumbo al mar sin bikini. ‘Quizá te ponga una correa’, dijo. Sonreí. Esa primera vez en la reserva me despertó. Ya no era la bibliotecaria tímida. Era suya. El mar nos esperaba, desnuda, lista para más.

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