Desde mi escritorio en casa, a las 9:27, la pantalla de Teams parpadea con caras aburridas. Trece ventanitas, todos fingiendo atención en esta reunión de mierda sobre procesos internos. Yo, Apolline, me preparé: luz suave, blusa con escote justo, profesional pero sexy. No para mi jefe. Para él. Matthias, 39 años, barba de tres días, mirada de lado que me quema desde hace meses.
El corazón me late fuerte cuando su cámara se enciende. Camisa arremangada, plano un poco bajo. Sabemos lo que pasa. Flirteo digital desde hace tres meses. Hoy, en el chat privado, lanzo la primera: “¿Qué llevas… bajo la mesa?”. Responde: “Pantalón viejo de chándal. Nada más”. Mis muslos se aprietan. Zona gris. Le pido que muestre. Levanta el portátil un segundo, veo el elástico. Mordisqueo el boli. Florence, la de RRHH, parlotea del PowerPoint. Yo estoy en otro lado.
La aproximación: nervios y deseo incontrolable
Envío por error al chat público: “Si sigues, no me concentro”. Silencio. Todos miran. Rojo como un tomate, balbuceo que es broma con Matthias. Él se ríe por dentro, yo quiero evaporarme. Pero no paro. Sigue mandando fotos: su mano bajo el chándal, vientre expuesto. “Necesito optimizar este flujo contigo”. Río bajito, muerdo labio. Piernas cruzadas, la seda de mi braguita roza mi coño húmedo. Me pregunta si llevo algo debajo. Desabrocho un botón. Desafío. Nervios en el estómago, pezones duros. Sé que no hay vuelta atrás.
La webcam de él traiciona: bulto en el chándal. Glotona ahogada en mi micro. Toso excusa. Él escribe: “Me excitas demasiado”. Manos temblando, meto la mía bajo la mesa. Dedos rozan la tela empapada. Vibración del móvil: foto suya, polla tiesa asomando, pulgar en el glande hinchado. Gimo suave. Dedos dentro, resbaladizos. Él pide foto. Bajo el móvil, abro piernas: mis dedos brillantes entre labios hinchados, pezones punzando la blusa.
Vídeo suyo: chándal abajo, mano bombeando lento, ojos fijos en mí. Mientras Florence habla. Yo acelero, clítoris palpitante. Sudor en la espalda, respiración entrecortada. Casi ahí. Pero mi mano izquierda pulsa mal: compartición de pantalla. Su chat: “Quítate las bragas o voy y te las arranco”. Todo el equipo ve. Caras petrificadas. Stagiaire IT se descojona. Yo, dedos mojados, paralizada.
El instante: explosión de placer compartido
En ese clímax fallido, la primera vez tocándome para él, expuesta, el mundo se rompe. Polla suya aún en mano, mi coño expuesto en foto accidental. Explosión no física, pero sí: placer crudo, compartido ante todos. Nervios viran a éxtasis prohibido. No paro. Sigo frotando, imaginando su corrida en mi piel.
Cámaras se apagan. Quedamos solos. Pero el PDG entra: torso desnudo, toalla, vino. Nos vio todo. “Fascinante, modernidad”. Nos cita a las 16h. Chat público arde de memes. Yo y Matthias solos: “¿Virados?”. “O promoción horizontal”. Apago cámara tras mostrarle todo: blusa cae, sostén, bragas. Nuda, ondulo caderas, toco pezones, bajo a coño reluciente. “Date prisa. Te espero”. Negro.
Dos semanas después, somos leyenda. La Teams Touch. Miradas en pasillos, envidia, deseo. RH en terapia, PDG quiere campaña “Libera creatividad”. Nosotros, blog anónimo: erótica corporativa. Esa primera vez me rompió. Fin de inocencia laboral. Ahora, cada reunión late con promesa. El clic equivocado abrió puertas. Adulta, viciosa, libre. El corazón aún acelera recordándolo.