Al borde de la piscina, en el jardín de esa villa burguesa en las afueras de Toulouse. La noche de junio era cálida, pegajosa. Mi corazón latía fuerte. Acababa de instalar el caballete, los pinceles temblando en mis manos. Emma Delerme, con su kimono rojo dragón, me miró fijamente con esos ojos de jade. ‘Pinta mis ébats’, dijo. Mi polla se endureció al instante. No era un retrato normal. Su marido voyeur. Dos amigos, Esteban y Marco, emergieron de la veranda. Musculosos, pollas grandes ya semierectas. El miedo me atenazaba. ¿Y si no podía? ¿Y si fallaba? Pero el deseo ardía. No había marcha atrás. Ella desató el kimono. Pechos firmes, areolas oscuras, pezones como arándanos. Vientre plano, coño depilado liso. Mi aliento se aceleró. Corazón desbocado. Manos sudadas en el pincel. ‘¡Pinta!’, ordenó. Sabía que esta noche cambiaría todo.

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Sus manos izquierdas en sus hombros. Las derechas desataron el dragón. Gemidos suaves. Esteban y Marco la tocaban. Dedos hurgando su coño húmedo, pellizcando pezones. Ella gimió. Mi polla dolía en el pantalón. Tomé el pincel. Trazos febriles. Colores vibrantes. Ella arrodillada, pollas en la boca. Chupaba con avidez. Lengua lamiendo glande, huevos. Saliva goteando. Mi mano derecha pintaba, la izquierda bajó a mi bragueta. Me quité la ropa. Desnudo. Polla tiesa, venosa. Me pajeaba lento. Esteban la puso a cuatro patas. Polla gruesa embistiendo su coño. Chapoteos húmedos. Marco en su boca, follándole la garganta. Ella sumisa, ojos en blanco de placer. Pintaba furioso. Seins bamboleando, culo abierto. Cambiaron. Doble penetración. Polla en coño, otra en ano. Gritos ahogados. Mi paja aceleró. Corazón a mil. Sudor perlando mi piel. Orgasmo suyo inminente. Boca abierta, cuello tenso, manos crispadas. Dos pollas explotando dentro. Ella convulsionó. Yo eyaculé. Semen caliente salpicó la tela. Mezclé con el pincel. Blanco lechoso en su rostro pintado. Explosión sensorial. Primera vez tocando lo prohibido con arte y carne.

La aproximación: nervios y deseo al borde de la piscina

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