Estaba en la casa de mis padres. Esa noche de hace tres años. El aire olía a recuerdos podridos. Mi corazón latía como un tambor desbocado. Sudaba. Las manos temblaban al girar la llave robada. Entré sigilosa. La puerta crujió. Él estaba en el salón, solo, bebiendo whisky. Mi padre. El monstruo que me había roto a los catorce. Ahora, a los veintidós, yo iba a devolverlo.

Me acerqué despacio. Vestida con una falda corta, blusa escotada. Sabía cómo atraparlo. Siempre lo había sabido. Sus ojos se clavaron en mí. Sorpresa. Luego, ese brillo sucio. “¿Qué haces aquí, hija?” murmuró. Sonreí. Nervios en el estómago. Mezcla de miedo y fuego. Me senté en sus rodillas. “Te extrañé, papá.” Mi voz temblaba un poco. Maladroite. Él rio, bajo. Sus manos subieron por mis muslos. Yo dejé. El pulso acelerado. Sudor en la nuca. Sabía que no había vuelta atrás. El deseo de matarlo crecía con cada roce. Excitación del inconnu. Primera vez planeando esto. ¿Y si fallaba? No. Lo miré a los ojos. Azules como los míos. “Fóllame como antes”, susurré. Él gruñó. Me besó. Boca áspera, whisky amargo. Mi cuerpo respondía. Traidor. Pezones duros. Entre piernas, humedad inesperada.

La aproximación: nervios y deseo prohibido

Sus dedos torpes entraron en mí. Gemí. Nerviosa. Corazón a mil. Lo empujé al sofá. Le quité la camisa. Piel flácida, pero fuerte aún. Le bajé los pantalones. Polla dura. La tomé en la mano. Primera vez tocándolo así, voluntaria. Maladroite, apreté demasiado. Él jadeó. Me subí encima. Desnuda ya. Falda arremangada. Sin bragas. Me hundí en él. Lento. Sensación nueva. Placer mezclado con odio. Cabalgué. Sus manos en mis tetas. Pellizcaba. Dolor excitante. Sudor nos unía. Mi clítoris rozaba su pubis. Ritmo acelerado. Él gemía. Yo pensaba en el cuchillo en mi bolso. Tensión subía. Orgasmo cerca. Pero no. Aún no.

El instante: explosión de sensaciones brutas

Me corrí primero. Fuerte. Grité. Él se tensó. “Ahora”, pensé. Bajé del sofá. Él riendo, exhausto. Agarré el cuchillo. Temblaba. Primera vez empuñándolo así. Lo miré. Sorpresa en su cara. “¿Qué…” No terminó. Clavé. En el vientre. Sangre caliente. Salió. Él aulló. Dolor real. Mis manos resbalaban. Maladroite al segundo golpe. Pero seguí. Cerca del corazón. Agonía lenta. Sus ojos suplicaban. Yo excitada. Me toqué. Dedos en mi coño mojado. Mirándolo morir. Latidos ensordecedores. Placer nuevo. Brutal. Él convulsionó. Sangre por todos lados. Orgasmo mío con su último aliento. Violento. Piernas temblando.

Después, silencio. Cuerpo inerte. Sangre pegajosa en mi piel. Me vestí. Miré el charco rojo. Primera vez. Inocencia rota. No más víctima. Ahora, cazadora. Corazón calmado. Euforia. Salí. Maté a mamá en la cama. Fácil. Asfixia. Pero él fue el primero. El que abrió la puerta. Ahora, mato por placer. Aquella noche, todo cambió. Sensación imborrable. Nervios convertidos en adicción.

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