Estaba en el salón de Vicky, hundido en el sillón, con el pantalón apretando mi erección como una tortura. Las risas de las chicas en la cocina me ponían en alerta. Patricia, Glenda y Vicky entraron con bandejas, sonrisas diabólicas. Mi corazón latía fuerte, mezcla de miedo y deseo. Sabía que no había marcha atrás.
Patricia se acercó primero. Me miró fijamente, quitó su corbata lenta, desabotonó el corsé. Sus tetas pequeñas quedaron al aire, pezones duros. Se sentó en el sillón frente a mí, piernas abiertas. Untó mayonesa en las puntas de sus pechos, puso gambas en el vientre, trozos de pan. No llevaba bragas. Su coño depilado brillaba, invitador. Vicky gritó: ‘¡Sin manos! Buen provecho’. El pulso me martilleaba las sienes. Hambre y lujuria se mezclaban. Me acerqué entre sus muslos, nervioso, excitado por lo prohibido.
La Aproximación
La primera gamba la atrapé con los dientes, rozando su piel suave. Luego, lamí la mayonesa del pecho izquierdo. Su pezón entró en mi boca, lo chupé para limpiarlo todo. Patricia suspiró, cerró los ojos. Mi verga palpitaba dolorida. Volví al derecho, succionando fuerte. ‘¡Para! A mí ahora’, gritó Vicky. Pero yo ya estaba perdido en esa piel.
De rodillas, miré su coño abierto. Dos gambas asomaban entre los labios mayores. Mayonesa en el monte de Venus. Agarré una gamba con dientes, tirando suave. Su sabor salado se mezcló con algo más dulce, íntimo. Lamí la mayonesa, bajando lento. Mi lengua rozó sus labios, entró un poco. Su coño se abrió, jugoso, más picante que la salsa. Gemía bajito. Me demoré en el capuchón, lamiendo cada pliegue. Primer contacto real con un coño vivo, palpitante. Sensaciones explotaban: calor húmedo, olor almizclado, su clítoris hinchándose bajo mi lengua. Corazón desbocado, manos temblando queriendo tocar pero prohibidas. Era virgen en esto, y lo saboreaba todo.
La Huella Indeleble
Pasé a las otras. Vicky vertió champán en su raja glabra, lo lamí gota a gota. Glenda tenía un pepinillo en su hendidura pelirroja, lo moví con dientes, probando su humedad. Queso y uvas en el coño de Patricia, las saqué una a una, dedos y lengua explorando profundo. Gritos, suspiros. Mi inocencia se rompía con cada lamida.
Luego el postre. Me tumbaron, chantilly en mi polla. Lenguas frescas: Patricia en el frenillo, Glenda glotona, Vicky profunda. Puertas abiertas, Sam entró, admirando mi verga. Se unió, fiesta loca. Rasuraron a Glenda, juego con trifle en coños. Les bandé los ojos, lamí sabores mezclados, reconociendo por gusto y olor.
Después, exhausto, semen en la boca de Vicky, orgasmos colectivos. Ya no era el mismo. Esa noche en el salón, entre cuerpos sudorosos, crucé el umbral. Inocencia rota, horizontes abiertos. Ahora, años después, recuerdo los latidos, el primer jugo de Patricia en mi lengua. Nervios convertidos en adicción. Adulto de golpe, marcado para siempre.