En la habitación de Pedro, el corazón me latía como un tambor desbocado. La luz amarilla del lústre teñía todo de calidez íntima. Yo estaba de pie en el hueco del cama, ondulando despacio, sintiendo su mirada clavada en mí. El aire olía a madera y a deseo contenido. Sabía que no había marcha atrás. Mis manos subían por mi cuerpo, rozando los pechos tensos bajo la camisola corta que él me había regalado. El slip nuevo me apretaba la piel, y entre las piernas, un fuego líquido me consumía. Pedro yacía desnudo, sus manazas cubriendo torpemente su polla tiesa. Sus ojos suplicaban. Yo sonreía, maliciosa, alzando la camisola centímetro a centímetro, dejando ver la curva de mi muslo, el borde del slip. El pulso me aceleraba, miedo y ganas revueltas: ¿y si su tamaño me partía? Pero quería esto, lo necesitaba. Giré, mostré mis nalgas apretadas en la tela fina, las acaricié, las apreté. Mi respiración era jadeos cortos. Él gemía bajito. Bajé el elástico del slip, dejando asomar el monte de Venus, la mata negra recortada esa tarde para él. Grandes labios hinchados, labios menores asomando rosados, el clítoris erguido como una perla. El slip cayó. Me tendí sobre él, besos furiosos, lenguas enredadas. Sus manos callosas exploraban mis tetas pesadas de leche, los pezones oscuros y sensibles. Yo palpaba su verga gruesa, venosa, tan distinta a la pluma ridícula de Gabriel. Nervios en el estómago, pero el coño chorreaba, listo.
Sus dedos rozaron mi raja empapada, el pulgar en el botón. Yo agarro su polla, la meneo. Casi estallamos. ‘Despacio’, murmuró. Exploramos: yo lamí su pecho velludo, él besó mi cuello. Pero el hambre ganó. Me eché de espaldas, piernas abiertas. ‘Ven’, le rogué. Él se cernió sobre mí, torpe como un gigante, el glande empujando mi entrada estrecha. Dolor fugaz, luego plenitud. Su tronco me llenaba, rozaba paredes que nunca habían sentido nada. Cada embestida era un rayo: el pubis contra mi clítoris, el roce profundo. Corazón desbocado, sudor mezclándose. Gritos ahogados, uñas en su espalda. Subía, subía, olas brutales. Él gruñía, acelerando. Intentó salir, pero clavé caderas, lo atraje. ‘¡Dentro!’. Su polla latió, chorros calientes me inundaron. Mi orgasmo explotó: temblores, luces, abismo dulce. Nos fusionamos en espasmos, tenon y mortaja perfecta.
La aproximación: nervios y deseo ardiente
Después, su verga aún dentro, blanda pero mía. Lágrimas de alegría rodaron. Ya no era la niña engañada por el francés cobarde. Esto era amor, placer real. Me sentía mujer plena, adulta, renacida. Pedro me besó, preocupado: ‘Mi princesa, ¿por qué no te dejé salir?’. Sonreí: ‘Quería todo de ti. Y el calendario dice que es seguro’. Su rostro se iluminó. Acaricié su cara barbuda, el corazón sereno. Habíamos cruzado el umbral. Inocencia rota, pero en alas de éxtasis. Esa noche en su cama grande, en la granja nevada de Alquezar, nació nuestra familia. Milagro navideño.