En el salón de mi casa. El corazón me latía fuerte. Llegué del trabajo, vi a Léa en el salón, montada en esa bicicleta modificada. Nuisette transparente, piernas abiertas, pedaleando con jadeos. Su coño chorreaba sobre la silla, el dildo subiendo y bajando. Me quedé paralizado. ¿Qué coño era esto? Ella no dijo nada, solo siguió moviéndose, roja como un tomate. Intenté bromear, pero su orgasmo la sacudió entera. Entonces, manos fuertes me agarraron por detrás. Un bâillon en la boca, ojos vendados. Me desnudaron, lavaron, vestí de cuero con la polla al aire. Me ataron a la cruz de San Andrés. El miedo me erizaba la piel, pero la verga dura delataba el deseo. ¿Era un juego? ¿Una trampa? Léa se arrodillaba ante la rubia alta, Stéphanie, la dominatrix. La besaba, la frotaba contra su entrepierna. Mi cabeza giraba. Nervios en el estómago, palpitaciones en el pecho. No había marcha atrás. Quería parar, pero mi polla pedía más.
Stéphanie me miró fría. Me pellizcó los huevos, me masturbó despacio. Luego llamó a Éric. Se arrodilló ante mí. Sus manos en mi verga. Nunca un hombre me había tocado. Se me bajó un segundo, pero su boca caliente la revivió. Lamía el glande, chupaba profundo. Lengua experta en el frenillo, mano apretando la base. El placer subía como lava. Miraba a Léa, que observaba sonriendo. Vergüenza ardía en mis mejillas, pero gemía. Quería correrme, pero ella ordenó parar. Me dejó al borde. Luego, me inclinaron hacia Laurent. Su polla enorme, venosa, goteando. Olía fuerte, macho. ‘Chúpala’, ordenó. Me negué. Azotaron a Léa. Abrí la boca. Entró despacio, estirándome la mandíbula. Sabor salado, textura suave y dura. La chupé instintivo, succionando como un caramelo. Ojos cerrados, mundo nuevo explotando. Mi fantasme bi se hacía real, forzado pero dulce. Corrí en la boca de Éric antes, ahora yo tragaba. No asco, solo éxtasis prohibido.
La espera tensa: nervios y deseo incontrolable
Después, todo cambió. El ano me ardía de godemichés y pollas. Vi a Léa prostituida, pagada por desconocidos. Yo en el tren humano, encadenado en culos. Pero esa primera boca masculina grabó la huella. Fin de la inocencia hetero. Ahora sabía el placer de dar y recibir hombre. Corazón acelerado aún en recuerdos. Léa y yo, más unidos, explorando. Aquella noche abrió puertas. No volver atrás. Adulto en carne, vicios despertados. Gracias, Stéphanie.