En el dormitorio, con los postigos entreabiertos, el corazón me latía desbocado. Acababa de masturbarme furiosamente bajo la ducha, sabiendo que Thomas me espiaba. Ahora, tumbada en la cama, aún mojada, el fuego en mi sexo no se apagaba. Era la primera vez que me dejaba llevar así, exponiéndome sin pudor a un chico de veinte años. Nervios me recorrían la piel. ¿Y si mi hermana entraba? ¿Y si él huía? Pero el deseo era más fuerte. El pulso acelerado, abrí las piernas. Mis dedos temblorosos rozaron mis labios hinchados. Sentí su mirada a través de las rendijas. No había vuelta atrás.
Me giré hacia la ventana, ofreciéndole todo. El aire fresco lamía mi clítoris erecto. Grité bajito al penetrarme. Cada embestida era un latido. Mis pechos rebotaban libres, pezones duros como piedras. Ondulaba las caderas, el culo en alto, dedos hurgando mi ano. Jugos chorreaban. Él estaba ahí, ombre entre las sombras. El miedo se mezclaba con la euforia. Sudaba, jadeaba. Era virgen en esto: exhibirme hasta el delirio.
La Aproximación: Tensión y deseo incontrolable
De repente, lo vi. Abrí los ojos en el éxtasis. ‘¿Te gustó el espectáculo, Thomas?’, solté con voz ronca. Silencio. Luego, los postigos se abrieron. Ahí estaba, pantalones bajados, polla babosa en la mano. Acababa de correrse por mí. Sonreí, provocadora. ‘Parece que sí’. Él, osado: ‘Refácelo y voy a por otra’. Abrí más las piernas. Dedos en mi coño abierto, entraban y salían lentos. ‘¿Esto te gusta más?’. Él se pajeaba furioso.
La Huella: El despertar de un vicio imparable
‘O ¿esto?’, subí las manos a mis tetas. Las amasé salvaje, pellizcando pezones morados y grandes. ‘¡Tus melones son brutales!’, gruñó. Mi sexo ardía. Una mano volvió abajo, frotando clítoris, rozando ano. Él se acercó. Me sorprendió. Se subió a horcajadas sobre mi vientre. Agarró mis pechos, metió la verga entre ellos. Embestidas brutas. Lamía mis pezones, chupándolos como loco. ‘¡Joder, qué buena estás!’, repetía. Nunca sentí eso. Mi mano en mi coño, dedos profundos, piernas abiertas al máximo. El roce de su polla dura entre mis tetas me volvía loca. Grité al correrme, él eyaculó chorros calientes sobre mi cuello.
Sudados, temblando, oímos a Chantal: ‘¿Catherine, ya estás vestida?’. Pánico. ‘¡Vete!’, susurré. Él saltó por la ventana. Me limpié el semen, subí el top. Ella entró: ‘¿Sigues desnuda? Tienes cara de acabada’. ‘Me quedé dormida’, mentí, piernas flojas. Salió. Me vestí, aturdida. No culpa, solo sorpresa. Había cruzado la línea. Mi inocencia se rompió ahí, en ese dormitorio. Ahora, anhelo más. Ese vicio crece en mí, esclava de mi sexo. La primera vez que un voyeur me tocó así. Adulta al fin, adicta al riesgo.