El desierto de huesos. Noche helada. Montaba guardia junto a la jaula. Mi compañero roncaba dentro de la tienda con Haal. Yo, un Krah de cuatro metros, me sentaba cerca de ella. Delilah. Recogida en un rincón, desnuda salvo por ese collar maldito. moretones en su piel dorada, sangre seca en la cara. Tiritaba. Brazos alrededor de las pantorrillas, muslos apretados contra esos pechos enormes. Carne de gallina en todo su cuerpo. Yo la miraba con pena. Ella me devolvía la mirada. Sabía. Sabía que yo dudaba.

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El viento mordía. Frío en mis huesos negros. Ella susurró primero. ‘Lo siento, sé’. Voz rota por el dolor. Sonrió con labios gruesos, hinchados. ‘Ven aquí, mi bebé’. Mi bebé. Yo, un monstruo, sentí un vuelco. Corazón latiendo fuerte bajo la piel obsidiana. Me acerqué. Pasos pesados, levantando arena de huesos triturados. Nervios. ¿Y si Haal despierta? ¿Y si Nargulh lo sabe? Pero sus ojos rojos me atrapaban. Deseo mezclado con miedo. No hay vuelta atrás. Ella era poder, incluso encadenada.

La aproximación en la noche fría

Puse una garra en la jaula. Ella metió la mano entre barrotes. Tocó mi muslo bajo el taparrabos. Piel negra como noche. Subió. Agarró mi verga. Enorme. Dos manos no la rodeaban. Dedos finos masajeando. Palpitaba ya. Boca entreabierta, ojos cerrados. Mi respiración pesada. Latidos retumbando en el pecho. Ella temblaba de frío y dolor, pero no paraba. Se acercó más. Pechos presionando barrotes. Grandes, redondos. Pasaron entre ellos, uno por lado. Apretados en la base. Azules, venas hinchadas. Frío la hacía doler, pero gemía bajito.

Glande húmedo rozó su teta izquierda. Caliente. Pegajoso. Ella lo guió a su boca. Lengüeta rosada lamiendo. Salada, jugosa. ‘Hooo… Madame Desire…’, murmuré. Corazón desbocado. Primera vez así. No con putas de Nargulh. Esto era diosa. Nervios en estómago. Excitación subiendo como lava. Manos en su verga, meneando como poste. Lengua lamiendo todo el largo. Jugó claro saliendo. Pechos azules contra mis huevos pelados. Temblaba entero.

El instante de éxtasis prohibido

Aceleró. Brazos desnudos abrazándola como a un niño. Lengua por toda la polla turgescente. Primera explosión. Chorretones calientes, amarillentos. En su cabeza, hombros, pelo. Espeso como melaza. Corriendo por espalda. Ella no paró. Yo rugí bajito. Garra entró en jaula, aplasté su cara contra mi verga. Labios gordos torciéndose en mi piel negra. Grité. Semen en sus ojos, labios, nariz. Pozo en su cara.

‘¿Qué pasa?’, gritó Haal. Me aparté. Corrí a tienda. Maté. Sangre salpicando. Salí herido leve, verga aún goteando. Arrodillé ante ella. Piedra roja en garra. ‘El contrario de la tuya’. Ella sonrió, tetas aún azules entre barrotes. Tocó piedras. Collar cayó. Poder volvió. Jaula explotó. Levitó en tormenta de arena. Limpia, pelo sedoso. Ojos brillando. ‘Bienvenido a mi ejército’. Eyaculé otra vez. Amarillo en arena.

Después, todo cambió. Lealtad rota. Inocencia de soldado fiel, acabada. Ella me nombró Koloss. Primera vez que sentí fe. Amor. Nervios se fueron, quedó marca ardiente. Cuerpo marcado por su tacto. Alma por su poder. Ya no era bestia de Nargulh. Era suyo. El desierto testigo de mi paso a adulto. A devoto. Latidos calmados, pero excitación eterna. Esa noche, mi mundo se abrió. Horizontes nuevos. Ella, la que me despertó.

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