En la habitación del hotel, junto al mar, el corazón me martilleaba el pecho. Habíamos caminado horas por la playa. Ella, con las mejillas rojas, entró en la ducha. Yo bajé a recepción, nervioso. Era la primera vez que usaría esa crema amincissante al jengibre. Mi arma secreta. Preparada para romper su obsesión por el régimen. Pero ¿y si la odiaba? ¿Y si arruinaba todo?

Subí. El agua corría aún. Dudé en la puerta. Salió envuelta en el albornoz, húmeda, apetecible. Le quité el cepillo de las manos. Desenredé sus cabellos largos, como cuerdas que me ataban. Los trencé rápido. El albornoz se abrió. Tomé un seno, pellizqué el pezón. Se endureció al instante. Mi pulso se aceleró. Besé sus labios, suave al principio, luego feroz. Bajé a su ombligo. Ronroneó.

La aproximación: nervios y deseo contenido

La tumbé boca abajo en la cama. Sus curvas me llamaban. Masajeé hombros, espalda, pies. Sudaba de anticipación. Saqué el frasco. Corazón en la garganta. Abrí la tapa. Olor picante, exótico. Vertí aceite en las palmas. Froté para calentarlo. Pero el jengibre prometía fuego. ¿Le dolería? ¿La excitaría? No había marcha atrás. Me lavé las manos. Frío en sus pezones primero. Jadeó. Bajé al vientre, más abajo. Abrasador.

Ella se giró. Piernas abiertas. Mi dedo rozó su intimidad. Húmeda ya. Lengua dentro. Tembló. Onduló. Grité ahogado. Paré. Lamí mis dedos salados. La besé. Se acurrucó. Durmió. Yo, tieso, latiendo.

Al amanecer, la desperté con su trenza en la cara. Se pegó a mí, frotando su sexo contra el mío. Duro como piedra. Quería entrar, follarla ya. Pero no. Tenía hambre. De ella y de comida. Reí. La até en la cama con cosquillas. Cayó. El frasco rodó cerca. No lo vio. Aún.

El instante: contacto ardiente y explosión sensorial

Cena de mariscos. Ella pelaba gambas. Yo, cangrejos. ‘¿Tu idea erótica es esa crema amincissante?’ Me pilló. Rubor. ‘Huele bien, ¿no?’ Batí pestañas. Se rió. ‘Tu dieta te aplasta. Prueba esta: comida real, masajes, movimiento.’ Sus ojos brillaron. Pie descalzo subió mi entrepierna. Presionó. ‘Vale. Nuevo régimen. Aguanta.’ Suspiré. Moriría feliz.

Esa noche, de vuelta, apliqué de nuevo. Más crema. Sus muslos ardieron. Gimió. Froté fosas, nalgas. Se arqueó. Dedos en su clítoris, ritmo lento. Luego rápido. Gritó. Convulsó. Líquido caliente en mis dedos. Primera vez así. Cruda. Su piel en llamas, la mía ardiendo.

Después, en la playa helada, baño prometido. Tetas erguidas por el frío. Follando en la arena, salvaje. Su inocencia de dieta rota. La mía, de miedos. Adultos ahora. Pegados, sudados. Horizonte abierto. Latidos calmados. Sonreímos. Nuevo mundo.

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