En el aparcamiento del vivero, al fondo, aisladas. Su coche negro, puerta abierta. Mi corazón late fuerte. Treinta años, ella unos cuarenta. No la conocía. Conversamos en la fila, hartas de esperar al asesor. Temas comunes, miradas que queman. Cruzo las piernas, siento mi braga empapada. La devoro con los ojos. Su vestido, demasiado corto para sus piernas largas, escotado para sus tetas generosas, apretado en sus caderas anchas. Sudor en mi nuca. Nervios. Deseo. Ella me agarra del brazo. Salimos sin palabras. Camino rápido, piernas temblando. Sé que no hay vuelta atrás. Llegamos. Pulsa el mando. Tira el bolso y su braga dentro. Se sube la falda. Su coño, increíble. Un pastel cubierto de espesa melena negra larga. Vientre blanco algo rellenito arriba, muslos y caderas voluptuosas alrededor. ‘¡Cómetelo! ¡Por favor! Lo deseo desde que te vi. Hace años que nadie me come’. Mi pulso se acelera. ¿Cómo negarme? Quiero hundir la cara en esa selva exuberante. Olerla, lamerla, explorar. Me agacho frente a la puerta abierta. Abre las piernas. Solo pelo. Pelo mojado, pegado, enredado, mechones, nudos. ¡Una fronda total! Me acerco. Agarra mi cabeza, la aplasta contra su vello. ‘¡Vamos! ¡No aguanto!’. Mi cara entera enterrada. ¿Tanto pelo? No extraña que nadie la comiera en años. Me compadece. Decidida a triunfar. Boca y nariz invadidas. Empujo la lengua en la profundidad. ¡Difícil! Como con machete. Apartando pelos, salen más. Entran en mi boca. Algunos tan largos que me hacen cosquillas en la garganta. No paro. Persisto. Casi asfixiada, la lengua toca algo liso, viscoso. ¡Cerca! Ahora, despejar el tesoro. Desbrozar. Pelos como lianas, regresan. Meca a meca, libero una labio, luego el otro. Quitar pelos pegados. Cacería eterna. Encuentro el clítoris, escondido tras arbustos. Agotada, pero orgullosa. He liberado esa vagina prisionera años. Retrocedo. Contemplo. Limpio, visible. Puedo atacar en serio. ¡No tardar! La maleza se cierra ya, como en el cuento de la Bella Durmiente. Escupo pelos de mi boca. Vuelvo a la brecha. Directo al grano. La selva tiembla. Sé que acerté. Exploro el coño al descubierto. Lengua en recovecos, intersticios. Vibra bajo mi experta. Conozco los secretos. Insisto en sensibles. Ataco el clítoris abandonado. Tiembla todo. Terremoto crece con mis embates. Gime fuerte, acelerando. Despierto una bestia. Tierra sacude. Erupción inminente. Humedece, agua sube. Me ahogaré si no apuro. No paro. Imposible. Tiembla más, gime más, yo acelero. Quiero ver la bestia salir. Agarro sus nalgas, pego su coño a mi boca. Maltrato el clítoris en todas direcciones. Se crispa, espasmos. Gritos. Chorros calientes en mi garganta. Intenta apartarme, me aferro. Boca y nariz en su néctar. Me ahogo, pero sigo lamiendo. Empuja gritando, descargas eléctricas. Me inunda cara y boca. Falto aire. ‘¡Para! ¡Para! ¡No puedo más!’. Me noyo en su jugo, burbujas al respirar. Suelto. Me empuja. Cae roja, espalda en banqueta trasera. ‘¡Dios mío! ¿Qué me has hecho? ¡Mil gracias! ¡Qué bueno!’. Se sienta al borde. Coge su braga, me limpia cara, quita pelos pegados. Beso suave en labios. Se limpia el coño vigorosamente. Nos separamos. Quedamos vernos domingo. Quizás el asesor nos enseñe a cuidar el jardín en profundidad. Mi corazón aún late desbocado. Esa primera vez rompió algo en mí. Inocencia ida. Mundos nuevos abiertos. Nervios, maladreza, éxtasis puro. Nunca olvidaré esa jungla ni su erupción.