La hostess nos abrió la puerta con una sonrisa pícara. ‘Sabía que volverían pronto’, susurró. El club estaba medio vacío. Parejas nos miraban de reojo. Observábamos a todos, sobre todo a las mujeres. Vestidas para seducir, listas para lo prohibido. Nos sentamos en la barra, intimidados por las miradas. Llevaba esa falda negra sexy, abierta por los lados. Al cruzar las piernas en el taburete, el aire se cargó. Mis pechos generosos resaltaban. De pronto, risas. Una rubia borracha frente a una bruna espectacular. Alta, curvilínea, con un vestido diminuto. Ojos grandes, labios carnosos, cuerpo de estrella porno. ¿Qué hacía allí? Su amiga la retó al podio. Se levantó con gracia felina. La música, lenta y lasciva. Se acariciaba la pecho, el vientre, entre las piernas. Se frotaba contra la barra como ofreciendo su calor al metal frío. Mi mano en tu muslo. Subí hasta tu polla dura. ‘¿Estás empalmado?’, te susurré. ‘Claro, es excitante’, respondiste, acariciándome el muslo y apretando mi teta izquierda. Gemí, retorciéndome. Ella bajó las tiras, mostró un sujetador negro. Se lo quitó con destreza. Sus tetas laiteas, enormes, con pezones rojos erguidos. Nos las ofrecía. Mi piel vibraba bajo tus dedos. Tus pezones duros. Ella volvió, nos miró. Sonreí. Se acercó. ‘Buenas noches, ¿les muestro el lugar?’. La seguimos. ‘Esta es la cámara de los deliciosos suplicios’, dijo, cerrando la puerta. Fers en la pared, látigos. ‘Quítate la ropa’, me ordenó a mí. Obedecí, fingiendo pudor. Me ayudó, acariciándome. Desnuda, me abrazó por detrás, apretó mis tetas, pellizcó pezones. Gemí. Se arrodilló, besó mis nalgas. Abrí las piernas. Su lengua rozó mi coño, pero paró. Me ató a los fers. Mis nalgas expuestas, blancas, redondas. ‘Ponte cómodo’, te dijo. Te sacaste la polla, te pajeaste viéndonos. Ella, casi desnuda en botas negras, frotó sus tetas contra mí. ‘¿Te gusta, puta?’, dijo, abriéndome. Una nalgada fuerte. ‘Sí, maîtresse’, gemí. Sus dedos en mi coño mojado, en mi culo. Me lamió el ano. Saqué gemidos. Sacó un vibrador nuevo. Lo clavó en mi culo de golpe. Grité, placer y sorpresa. Lo movía, follándome el trasero. Tú te pajeabas furioso. Sus tetas bailaban. Mi culo se entregaba. Gemía alto. Ella sacó el juguete. ‘Tu culo quiere más’. Nalgadas, primero suaves, luego fiera. ‘No has sido buena’. ‘Sí, maîtresse, soy una puta en celo’. Dos dedos en coño, uno en culo. Me probó. ‘Estás empapada’. Enfundo la mano en mi coño. Grité, corrí como loca, su puño hondo, dedo en ano. Tú al borde. Me soltó. Nos arrodillamos ante ti. ‘Córrete sobre nosotras’. Tu leche caliente nos salpicó caras, tetas. La lamí de ella, la tragué.

El corazón me latía desbocado. Nervios y fuego en las venas. Sabía que no había vuelta atrás. Esta era mi primera vez en ese mundo.

La Aproximación: Tensión y Deseo Irrefrenable

Nos duchamos. Ella orinó ante nosotros, jet largo, animal. Nos lavamos, cuerpos resbaladizos. Tú te empalmabas. Ella te masturbó, me puso a cuatro. Condón. Entraste en mi coño caliente. Pellizcaba mis tetas. Corrí rápido. Cambió condón. ‘Fóllame el culo’. Entraste fácil en su ano. Yo mamaba sus tetas, me tocaba el clítoris. ‘¡Destrózala!’, te gritaba. Ella gemía. Te saliste, quitaste goma. ‘Chúpamela’. Tragué tu corrida. La escupí en su boca. Cuatro tíos nos miraban pajeándose.

Aquella noche me cambió. Perdí la inocencia. Descubrí placeres brutales. Mi cuerpo ya no era mío solo. Latidos eternos de esa primera entrega.

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