Estábamos en el pequeño salón de Cheryl. Su apartamento limpio, ordenado. Ella me había llevado al espejo alto y estrecho. Sus manos en mi cintura. Su aliento en mi nuca. El corazón me latía fuerte. ¿Qué hacía yo allí? Nerviosa, excitada. El espejo reflejaba nuestras caras cerca. Demasiado cerca. Sus ojos oscuros me devoraban. ‘¿No notas nada?’, insistía. Su cuerpo pegado al mío. Sentía su calor. Mi piel erizada. Quería huir, pero no podía. Era la primera vez que una mujer me tocaba así. Rubia en un mundo que me rechazaba. Ella, la eurasiática delgada, me apretaba. Mi pecho subía y bajaba rápido. Sin sujetador, mis pezones duros rozaban la tela. Ella lo notó. Sonrió pícara. ‘Deberías ponerte un sujetador’, dijo, pero sus manos no se movían. Me giré. Nuestras caras a centímetros. Olor a su perfume suave. Mi pulso acelerado. Pregunté por su novio. Se tensó. Bajó la vista. La abracé por pena. Error. Se lanzó a mis brazos. Su cuerpo delgado contra mi carne suave. Sus manos en mi espalda. Baja. Demasiado baja. Sentí su pecho contra el mío. Duro. Sus caderas presionando. El estómago se me revolvió de miedo y ganas. No podía parar. Sus labios rozaron mi mejilla. Calientes. Húmedos. El deseo me quemaba. Sabía que no había vuelta atrás. Mi inocencia hetero se rompía ahí. Con ella.
Sus labios encontraron los míos. Torpe al principio. Mi boca entreabierta por sorpresa. Su lengua entró. Dulce, insistente. Gemí bajito. Manos temblorosas en su cintura. La besé de vuelta. Fuerte. Nuestras lenguas bailaban. Saliva mezclada. Mi coño se humedecía. Primera vez con mujer. Sus manos bajaron a mi culo. Amasaron. Yo, apretando sus nalgas firmes. Caímos al sofá. Ropa arrugada. Su blusa abierta. Pechos pequeños, oscuros pezones. Los chupé. Duros como piedras. Ella jadeaba. ‘Marielle… sí…’. Mi falda subida. Sus dedos en mi braguita. Mojada. Me tocó. Dedo en el clítoris. Explosión. Grité. Cuerpo arqueado. La monté. Frotes desesperados. Piel sudada. Olor a sexo. Sus uñas en mi espalda. Me corrí primero. Temblores. Líquido caliente. Ella después. Gritó mi nombre. Agotadas. Pegadas. Corazones latiendo al unísono.
La aproximación: nervios y deseo incontrolable
Después, silencio. Su cabeza en mi pecho. Yo mirando el techo. Sudor enfriándose. ¿Qué había pasado? Mi mundo cambiado. Ya no era la misma. Inocencia rota. Primer sabor lésbico. Dulce, prohibido. Miedo a lo nuevo. Pero excitación residual. Cheryl sonrió. ‘Amigas ahora’. Volvimos al trabajo. Distraída todo el día. En casa, con Pauline. Le conté a medias. Ella rió. ‘Es lesbiana’. Sabía. Pero ya era tarde. Esa tarde en su sofá marcó. Peso extra olvidado. Solo sensaciones. Adulta de golpe. Horizontes abiertos. Nervios por más. ¿Repetir? El deseo picaba. Inocencia ida. Bienvenida la mujer.