En la gran habitación del piso superior, con tapices horrendos y un vacío que olía a polvo y promesas. Me senté en el centro de la manta acolchada, sacada del mochila. Descalzo, en slips, piernas cruzadas. Esperaba. El corazón me latía fuerte, como un tambor en el pecho. ¿Y si alguien entraba? Philippe nos dio las llaves, pero la casa estaba aislada, muerta hacía meses. Aún así, el riesgo me ponía la piel de gallina. Nervios mezclados con esa excitación que quema las tripas. Sylviane había subido, con su cuaderno de bocetos olvidado abajo. Sabía lo que venía. Era nuestra primera vez así: en una casa en venta, solos, con el mochila lleno de secretos. No podíamos parar. El deseo era más fuerte.
Oí la puerta del desván entreabierta. Mi olfato captó su perfume. Esperé más. Sudaba. El pene me palpitaba bajo el slips, duro como nunca. ¿Dónde estaba? El vacío de la habitación amplificaba cada crujido. Recordé visitas pasadas, pero esta era la primera real, la que rompería la inocencia de nuestras escapadas. No era sexo rutinario. Era descubrimiento: follar en lo prohibido, en un futuro hogar que no era nuestro aún. La adrenalina me recorría las venas. No había marcha atrás. Cuando la puerta se abrió, supe que explotaríamos.
La Espera Tensa: Corazón Acelerado
Apareció como una diosa decadente. Lencería negra, sostén rebosante, tanga mínima, medias autofijantes. Todo envuelto en una red de pesca oscura, mallas gruesas que sombreaban su carne lechosa, rellenita. Collares, brazaletes, cadenas tintineando sobre pechos pesados. Caminaba ondulante, pasos medidos en la penumbra. Mi boca se secó. El corazón tronaba. Ella giraba alrededor de la manta, rozándome con la red, inalcanzable. Sus tetas bailaban, venas azules bajo piel pálida, pezones agresivos asomando. Vientre redondo, bosque oscuro mal tapado por la tanga. Faldillas carnosas, culo hendido apenas. La red moldeaba todo, crudo, apetitoso. No aguanté. La atrapé por la cintura. Besé una nalga voraz. Se sentó de espaldas en mis piernas.
Devoré su cuello. Manos en tetas, amasándolas sobre el sostén. Sacé aréolas grandes, pezones duros. Los pellizqué, venganza por la espera. Ella reía, gimiendo bajito. Mi polla latía. La volteé, caí de espaldas con ella encima. Tiré la tanga a sus rodillas, pese a la red. Ella bajó mi slips. Mi verga saltó, golpeó su pubis. Pelo púbico rozando glande, casi me corro. La frené, besos tiernos en cuello. Se frotó contra mí, labios vaginales envolviendo mi tronco. Masturbándose con mi polla. Uñas arañando. Aceleró. Gritos ahogados, orgasmo la sacudió. Yo eyaculé, chorros calientes en su vientre.
El Éxtasis Brutal y la Huella Eterna
Agotados, jadeando. Pero no paramos. Rodé sobre ella. Mi verga flácida entre nalgas. Dedos en su coño húmedo. Se endurecí rápido. Frotes obscenos. La toqué clítoris, hinchado. Gemidos. Mordí cuello, hombro. Glande en su ano, jugué tabú. Ella tembló. Luego, vulva ardiente. Empujé todo. Vaivenes lentos, luego furiosos. Dedos en clítoris, mano en teta marcada por cadenas. Explotamos juntos, contracciones profundas.
Tarde entera follamos. Red atándola, fetiche. Marcas en carne, invasiones. Eyaculaciones simultáneas. Semanas después, compramos la casa. Esa habitación vio más. Aquella primera vez nos abrió horizontes: del bricolaje al sexo salvaje en lo vacío. Perdimos inocencia cotidiana. Ganamos vicio eterno. Corazón aún late recordándolo.