Recuerdo esa noche en la plaza de Saint-Fondu-en-Bouse como si fuera ayer. El banco brillaba bajo la luna, invitador, casi lascivo. Mi corazón latía desbocado. Berthe, esa era yo, con mi aliento podrido que ahuyentaba a todos. Me había enjuagado la boca mil veces, dentífrico, gárgaras, todo inútil. Sudaba frío. Jean se acercaba, su silueta en la penumbra. Nuestros ojos se cruzaron. Brillaban de miedo y hambre. Sabíamos lo que éramos: apestados, solos, desesperados por un toque.
No había vuelta atrás. Caminamos lentos, piernas temblando. El aire tibio olía a madreselva, pero pronto se llenaría de nosotros. Manos húmedas se unieron. Sudorosas, pegajosas. Un tirón. Nuestros labios chocaron. Primer beso. Su boca sabía a miedo y deseo. Mi aliento lo golpeó, pero no retrocedió. Me invadió con la lengua, hambriento. El banco crujió cuando nos sentamos. Madera viva, suspirando bajo nuestro peso. Nervios explotando en chispas. Mi coño palpitaba ya, mojado de pura anticipación. Sus manos torpes bajaban mi blusa. Pechos al aire, pezones duros como piedras.
La Aproximación: Nervios y Deseo Irrefrenable
Sus dedos rozaron mi piel. Temblores. Yo palpé su pecho, bajé a su pantalón. Duro. Polla tiesa, latiendo. La saqué, piel caliente, venas hinchadas. Olía a pies rancios, pero me excitó más. Lamí su cuello, saboreando sudor salado. Él gemía bajito. El banco vibraba, cómplice. Nos desnudamos a tirones. Ropa amontonada. Cuerpos desnudos pegados. Su olor a pies fétidos subía, mi aliento lo envolvía. Mezcla nauseabunda que nos volvía locos. Piernas abiertas sobre la madera. Su mano en mi entrepierna. Dedos resbalando en mi humedad. Entró uno, luego dos. Gemí fuerte, cadera arqueada.
El Instante: Explosión de Sensaciones Prohibidas
Lo monté. Polla rozando mi entrada. Bajé despacio. Primera penetración real. Estirándome, llenándome. Dolor dulce, placer crudo. Olía a sexo sucio, a miasmas nuestros. No importaba. Cabalgaba fuerte, tetas botando. Él mamaba mis pezones, chupando hondo. Sudor goteando, mezclándose con nuestros efluvios. El banco gemía con cada embestida. Polla golpeando fondo, coño apretando. Orgasmo subiendo como ola. Grité, él gruñó. Eyaculó dentro, caliente, viscoso. No paramos. Vuelta de posiciones. De lado, él atrás, follándome duro. Pies en mi cara, olfateándolos. Mal olor como afrodisíaco. Segunda corrida, temblores eternos.
Amanecer nos pilló exhaustos, piel marcada, pelos revueltos. Ojos hundidos en amor. El banco nos empujó a confesar. ‘Jean, amor… tengo que decirte algo’. Él sonrió: ‘Ya lo sé, chupaste mis calcetines’. Risa liberadora. Fin de la inocencia solitaria. Ya no éramos parias. Ese banco rompió barreras. Mi primera vez: no solo sexo, sino descubrimiento visceral. Amor que huele fuerte, pero conquista todo. Ahora, en Saint-Fondu, todos saben: el deseo vence al olfato.