En el despacho de su piso moderno en el barrio de Vaugirard, París. Ese viernes, sola en casa, revisaba mis apuntes. El timbre sonó. Sabía que era él. Julien. Mi corazón latía fuerte. ¿Otra confesión? ¿Otro llanto? Bajé las escaleras con las piernas temblorosas. Abrí la puerta. Sus ojos, desesperados. No dijo nada. Me abrazó. Fuerte. Mi pecho contra el suyo. Olía a colonia y a algo más. Deseo reprimido.

Me tomó la mano. Directo al despacho. Me sentó en el sofá. Me sirvió un aperitivo. Se sentó frente a mí. Habló. De Céline. De su doble vida. De cómo ella se entregaba al amigo de su padre. Anal. Bestial. Yo escuchaba, hipnotizada. Mi pulso acelerado. Sudaba. Él se acercó. Se sentó a mi lado. ‘Perdóname’, murmuró. Lo abracé. Su cabeza contra mis pechos. Inocente al principio. Luego, tiré de mi camiseta. Mis tetas al aire. Firmes. Jóvenes. Veinte años recién cumplidos. Él las miró. Hipnotizado. Las lamió. Chupó. Mi pezón endurecido. Un escalofrío me recorrió. Corazón desbocado. No podía parar.

La aproximación: nervios y deseo incontrolable

Me senté en sus rodillas. Mi falda subió. Sentí sus muslos duros. Mi coño húmedo. ‘¿Qué quieres?’, pregunté. Él dudó. Habló de la escena. De su mujer a cuatro patas. Yo no lo dejé acabar. Deslicé mi braga. Mojada. La tiré. Mis nalgas desnudas contra él. Sentí su polla tiesa. ‘Tócame ahí’, dije. Nervios. Miedo. Excitación. Él acercó la mano. Temblorosa. Maladroite. ‘Es la primera vez’, confesó. Su dedo rozó mi ano. Un rayo. Sobresalté. Pero no paré. Me puse a cuatro patas en el sofá. Culito alzado. Invitación cruda.

Sus dedos en mi raja. Masajeando. Suave. Entró un dedo. Dolor agudo. Grité bajito. Corazón en la garganta. Pero seguí. Desabroché su pantalón. Su verga saltó. Gruesa. Caliente. La embocé. Voraz. Lamí. Chupé. Sabía a hombre. Él gemía. Metió el dedo más hondo. Yo jadeaba. ‘Fóllame como a ella’, supliqué. Me levantó. Al tapiz. A cuatro patas. Exacto. Como Céline. Él se colocó. Su polla contra mi ano. Seca. Brutal. Empujó. Rasgó. Dolor infernal. Mordí mis labios. Lágrimas. Pero no paré. Entró. Centímetro a centímetro. Llenándome. Quemando.

La huella: del dolor al despertar sexual eterno

‘¡Dime que te gusta que te folle el culo!’, gruñó. Como él había oído. ‘¡Sí! ¡Primera vez! ¡No pares!’, chillé. Verdad pura. Dolor virgen. Placér exquisito. Me embestía. Salvaje. Sus manos en mis tetas. Pellizcando. Yo arqueada. Corazón estallando. Sudor. Olor a sexo. Gemidos animales. Él aceleró. Yo exploté. Orgasmo anal. Nuevo. Brutal. Me corrí gritando. Él susurró algo. ¿’Mi pequeña Céline’? No sé. Se corrió dentro. Caliente. Profundo.

Caí exhausta. Lágrimas. Dolor. Plenitud. Me había perdido. Pero renacido. Mi inocencia rota. Culito dolorido. Marcado. Días después, más. Me usaba para revivirlo todo. Piscina. Cine. Club. Orina. Dedos. Todo. Pansé sus heridas. Abrí las mías. Ahora, casada. Embarazada. Tetas hinchadas. Mi marido las chupa. Recuerdos. Julien me despertó. Céline indirecta. Fin de niña. Mujer total. Corazón aún late así.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *