En nuestra cabaña de fortune junto a la playa, al atardecer del primer día en el campamento. El sol se hundía en el océano, tiñendo la arena de rojo sangre. Habíamos sobrevivido al escape de Avila. Alys y yo, solos por fin. Mi corazón latía como un tambor de guerra. Ella, con su piel salpicada de arena, me miraba con ojos grandes, llenos de miedo y hambre.

Nos sentamos en la esterilla de hojas. El aire olía a sal y algas. ‘Nunca he estado con un degenerado’, susurró. Sus pechos subían y bajaban rápido. Yo tragaba saliva. Mi polla ya endurecía bajo el taparrabos improvisado. Tocarle la mano fue eléctrico. Temblaba. Ella también. ‘¿Y si duele? ¿Y si es pecado?’, dijo, recordando las mentiras de Avila.

La Aproximación: Temblores en la Arena

Me acerqué. Nuestros alientos se mezclaban. Besos torpes al principio. Labios secos, dientes chocando. Nervios. Excitación pura. Sus manos en mi pecho, explorando músculos que nunca había tocado así. Yo bajé la mano a su muslo. Suave. Cálida. Ella jadeó. No hay vuelta atrás. El deseo ardía. Quité su tela. Sus pezones erectos. Mi boca los lamió. Gemido ahogado. Corazón desbocado. Sudor perlando su vientre.

Sus dedos encontraron mi polla. Primera vez que una mano como la suya la tocaba. ‘Es tan… dura’, murmuró, curiosa, asustada. La apreté contra su palma. Pulso acelerado. Ella se recostó en la arena. Piernas abiertas un poco. Vientre plano aún. Olía a mar y mujer. Mi dedo rozó su coño. Húmedo. Caliente. Ella se arqueó. ‘¡Ah!’. Tensión insoportable. Nervios en llamas.

El Instante: Explosión de Carne y Suspiros

La penetré despacio. Cabeza de mi polla abriendo sus labios. Resistencia. Luego, desliz. Calor envolvente. Ella gritó bajito. Dolor mezclado con placer. Yo empujé. Centímetro a centímetro. Sus uñas en mi espalda. ‘¡Despacio!’. Latidos sincronizados. Sudor goteando. Movimientos torpes. Salía y entraba. Ella se mordía el labio. Ojos cerrados. Gemidos crecían. Mi polla palpitaba dentro. Sensaciones nuevas. Su coño apretándome como un puño.

Aceleré. Caderas chocando. Arena pegándose a la piel. Ella abrió los ojos. ‘¡Sí!’. Primera vez gritando placer. Yo gruñía. Tensión subiendo. Sus tetas rebotando. Manos enredadas en mi pelo. Explosión cercana. Ella se contrajo. ‘¡Voy a…!’. Yo no aguanté. Semilla caliente brotando dentro. Espasmos. Gritos mudos. Cuerpos temblando juntos. Vacío y éxtasis.

Después, yacimos jadeantes. Arena enredada en sudor. Su cabeza en mi pecho. Latidos calmándose. ‘Lo hicimos’, susurró. Sonrisa tímida. Inocencia rota. Ya no era la niña de Avila. Yo, el viajero del tiempo, había abierto su mundo. Su mano en mi polla flácida. Tierna. ‘Quiero más’. El mar rugía. Nuestra vida empezaba. Niños vendrían. Prohibiciones destrozadas. Adultez sellada en semen y gemidos. Horizonte nuevo. Para siempre.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *