Primavera de 2022. Después de tres meses en desintoxicación, me instalé en esa casa aislada en la campiña franc-comtoise. La terraza era mi refugio. Me tumbé en el sillón de jardín, pies sobre la mesa, torso desnudo. El sol poniente lamía mi piel. Hacía cuatro meses que no tocaba a una mujer. Mi polla se agitaba con el calor. Miraba mi terreno en barbecho, el alambre de púas, el bosque desnudo y, detrás, el manoir abandonado. La torre de los suplicios. El nombre me erizaba.
Un trueno lejano. Me quedé hasta la noche total. A las once, entré. Dejé la puerta abierta. Me tiré desnudo en el sofá. Dormí inquieto. A las tres de la mañana, un sobresalto. Me incorporé. Silencio roto por un trueno. ¿Por qué me levanté? Voces internas. Me puse un chándal, salí a la terraza. Spots se encendieron. Sollozos. Del bosque. ¿Animal o humano? El corazón me latía fuerte. Nervios. Curiosidad mezclada con miedo.
La Aproximación: Miedo y Deseo Entrelazados
Grité: ¿Hay alguien? Silencio. No podía parar. Me vestí: vaqueros, camiseta, botas. Linterna en mano. Salté el alambre. Olor a cadáver. Un ciervo decapitado en las zarzas. Cabeza más allá, en el sótano: ojos arrancados, orejas cortadas, boca devorada. Avancé. Escaleras al manoir. Torres vigilando. Puerta tapiada. Rodeé la torre de los suplicios. Bajé a una fosa. Puerta rota. Botellas, fuego, la cabeza del ciervo.
Gejidos humanos. Corrí. Otro explorador. Lo seguí. Golpe en la oscuridad. Risa femenina. Corazón desbocado. Sangre en la pared. Escaleras. Luz tenue. Rálegos de dolor. Entré en la habitación: toneles, cajas. Un cuerpo colgando. Brazos atados con su cinturón, pantalones bajados, slips hinchado. Rostro tumefacto. ¿Sadomasoquismo? No podía dejarlo. Pero pasos: tacones. Me escondí tras una caja. Rodillas temblando, cuello rígido. Espera eterna. Miedo y… excitación. Sabía que no retrocedía.
La Huella: El Sabor de la Pérdida de la Inocencia
El moribundo gimió. Sombra alta. Dos metros cincuenta. Corsé, vestido antiguo, sombrero ancho. Pechos enormes, desbordando el escote. Mi polla se endureció. Terror y deseo. Ella se acercó. Mano gigante en su cara. ‘No estés tenso. Ese cortisol arruina tu carne.’ Voz suave, aristocrática. Olor a podredumbre. Sonrió ante la erección del tipo. Lengua en su piel. Colmillos. Mordida en la carótida. Sangre chorreando en su garganta. Ralos guturales. Se empapó: cara, escote. Pechos oscilando. Hipnótico. Mi aliento contenido. Ella olió algo. Se giró. Pechos pesados. Se limpió con un paño. Sonrisa maliciosa. Salió.
Salí. Cadáver chorreando. Prueba en el bolsillo. Gusto metálico en la boca. Corrí. Pasillo eterno. Debilidad. Hemorragia. Aire libre. Luna llena. Rodillas en la tierra. Oscuridad. Mi primera vez viendo la muerte así. Cruda. Sensual. Esa giganta vampírica. Mi inocencia rota. Corazón aún acelerado por sus formas. No era solo miedo. Deseo prohibido despertado. Adulto ahora. Marcado para siempre. Ese sabor de sangre y podredumbre en mi garganta. Horizonte abierto al abismo.