Me siento en esa silla destartalada, en la habitación trasera llena de cartones apilados. El corazón me late fuerte, como un tambor desbocado. Clara, la aprendiz de ojos verdes, me pide que me baje el pantalón. Dudo un segundo, las mejillas ardiendo. Es la primera vez que una desconocida me ve así, semi-desnudo, vulnerable. El aire huele a antiséptico y algo más, prohibido.

Ella se pone guantes, se arrodilla frente a mí. Su blusa se abre un poco, y ahí están: sus tetas firmes, perfectas. No puedo evitar mirar. El pulso se acelera, la polla se endurece bajo el bóxer. Intento disimular, pero soy un desastre. Ella chasquea los dedos. ‘¡Al rodilla, no a mis tetas!’, dice con una sonrisa pícara. Me avergüenzo, bajo la vista. Pero el daño está hecho. Mi erección crece, traicionera.

La Aproximación: Nervios y deseo incontrolable

Termina el vendaje rápido. Me levanto, y ahí está: mi polla tiesa, imposible de ocultar. Ella la mira, sonríe. ‘¿Soy yo la que te pone así?’. Balbuceo excusas tontas, la noche mala, el dolor. No cuela. ‘No puedes irte así, es mi deber médico’, ordena. Abre su blusa, su camisa. Sus tetas al aire, pezones duros. El corazón me va a estallar. No hay marcha atrás. Esto es real, está pasando.

Se arrodilla de nuevo, cierra la puerta con llave. Baja mi bóxer de un tirón. Mi polla salta libre, palpitante. ‘Has sido bueno, te mereces la recompensa. Pero calla o te arrepentirás’. Asiento, la mano en su coleta. Me pregunta si estoy limpio. La aseguro. Escupe saliva, la extiende por mi glande. Su boca envuelve la cabeza, caliente, suave. La lengua gira, explora. Me masajea las huevos con la mano. Es virgen territorio, esta sensación nueva me quema.

El Instante: Explosión de sensaciones brutas

Sus ojos verdes me clavan mientras chupa, profunda. Saliva y precum se mezclan, gotean. Va a su ritmo, experta. No la guío, solo acaricio su pelo. ‘Cinco minutos o te acabas fuera’, amenaza juguetona. Sonrío, acerco su cabeza. El placer sube, incontrolable. Se lo aviso. Ella saca la polla, apunta a su lengua. Jeto fuerte: uno, dos, tres chorros de leche caliente. Me aprieta para sacar todo. Juega con mi semen en la boca, se levanta, me besa.

Nuestras lenguas bailan en ese caldo espeso: saliva mía, leche mía. Me pasa parte. ‘Dame, y trágatelo conmigo’. Lo hago, desafiado. Tragamos juntos. El sabor salado, íntimo, marca el fin de mi inocencia. Limpia con un pañuelo, lame una gota de su dedo. ‘No te imagines nada, soy aprendiz. La próxima ve a otro lado. Y prueba corriendo, el bici es riesgoso’.

Me visto, piernas temblorosas. Salgo, beso final. Frente a la farmacéutica, alabo a Clara. Sonríe orgullosa. La cola sigue eterna. Salgo a la calle, el sol ya bajo. Camino raro, el genou duele menos que el subidón. Esa tarde, en esa farmacia cutre, perdí algo y gané un mundo. Corazón calmado ahora, pero el recuerdo late fuerte. Primera vez, inolvidable. Adulto de golpe.

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