En el asiento trasero de mi coche, en la carrera abandonada de Gurémy, el corazón me latía a mil. Cathy, con sus 18 años, ojos verdes salvajes y ese culazo que asomaba del short negro diminuto, me miró fijamente. Habíamos llegado en silencio, tras la gym, la caída en la cinta, el roce de mi polla dura contra su entrepierna en la oscuridad. Ahora, solos, el aire estaba cargado. ‘¿Quieres que te la chupe?’, soltó directa, mordiéndose el labio. Mi verga saltó en el short ajustado. Nervios en el estómago, deseo quemando. Sabía que no había marcha atrás. Bajó mi short, mi polla erecta le dio en la cara. Reímos, pero el pulso acelerado delataba el miedo al未知.

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Sus labios rozaron mi glande. Lamida suave, de abajo arriba, como probando. Mi corazón tronaba. Primera vez que una chica así me chupaba, tan cruda, tan cerca del grupo de tíos que nos envidiaban. Ella a cuatro patas, culo en pompa, short metido en la raja. Agarré su short, lo até más adentro, entre sus nalgas húmedas. Palmadas fuertes en ese trasero perfecto. Metí dos dedos en su coño empapado. Ella gimió, mamando más hondo. Ritmo lento, luego rápido, saliva chorreando. Presioné su cabeza, follándole la boca. Sensaciones nuevas: calor húmedo, garganta apretando, mi semen subiendo. Explosión visceral, inocencia rota en ese encierro oscuro.

La Aproximación

Después, ella se incorporó, boca llena de mi leche espesa. ‘¡Joder, qué chorro!’, rió, tragándosela con dedos. Beso tentativo, pero ella dudó, prefirió lamerme el glande otra vez antes de bajar. Corazón aún acelerado, pero ahora paz. Me dejó la polla al aire, salió corriendo a casa. Yo supe que eso marcaba el fin de mi inocencia de gym-rat. Cathy abrió horizontes: deseo puro, sin filtros. Nunca la olvidaría, como prometió con su adiós oral. Aquella noche, pasé de rivalidades tontas a hombre marcado por el placer real.

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