La puerta de la habitación del hotel se abrió con un clic suave. Jennifer estaba allí, recién salida de la ducha. Sus piernas interminables asomaban bajo el peinador corto. Mi corazón latía como un tambor enloquecido. Sudaba. Las manos temblaban. Sixmartini me empujó dentro. La puerta se cerró. No había vuelta atrás.

Me sentía un crío. Adolescente nervioso ante su primer beso. Pero esto era más. Jennifer, hija de un mafioso. Yo, Don Booth, detective acabado en una noche loca de Chicago. Lluvia, taxis, mafias, tetas gapours de Sixmartini. Todo me había llevado aquí. Mi polla palpitaba en los pantalones desde el taxi. Ahora, sola con ella. O casi. Sixmartini observaba.

La Aproximación

—On m’a raconté tout ce que vous aviez fait pour moi —dijo Jennifer, voz ronca, ojos brillantes. Me sonrojé. Quería huir. Quería follarla. El deseo ardía en mi vientre. Batía fuerte el pecho. Miedo a fallar. ¿Y si no la complacía? ¿Y si era una trampa? Pero sus piernas… Dios, esas piernas me hipnotizaban. Me senté en el sofá, piernas abiertas sin querer. Esperando. Temblando.

Sixmartini susurró algo. Jennifer sonrió. Ese sonrisa me derritió. Avanzó. Peinador suelto. Curvas sutiles. Mi respiración se aceleró. El aire espeso de hormonas. No podía moverme. Sabía que pasaría. Mi primera vez real con una diosa así. No como las putas rápidas. Esto era descubrimiento. Puro. Nervioso. Excitante.

Sus rodillas tocaron el suelo entre mis muslos. El corazón me iba a estallar. Manos frías en mi bragueta. Temblaba. Desabrochó. Mi polla saltó dura, tiesa como nunca. Golpe al aire. Jennifer la miró. Yo cerré los ojos. Miedo y ganas revueltas. No hay marcha atrás. Esto era el acto. La ruptura.

El Instante

Sus labios rozaron el glande. Calor húmedo. Electricidad pura. Me arqueé. Primer contacto. Su boca envolvió la cabeza. Lengua suave, experta. Sixmartini murmuraba trucos al oído. Jennifer succionaba. Deslizaba. Arriba, abajo. Mi polla ardía en su garganta. Sensaciones nuevas. Brutales. La inocencia se rompía. Cada lamida un latigazo.

Gime. Siento su cabello rozando mis bolas. Ritmo lento. Torturante. Mi pulso en las sienes. Sudor en la frente. Quiero durar. Pero no. La tensión sube. Vientre contraído. Piernas tensas. Ella acelera. Boca apretada. Lengua girando. Explosión. Corro en su garganta. Grito ahogado. Olas de placer me barren. Jugo caliente bajando por su gaznate.

Abro los ojos. Jennifer sonríe. Limpia mi polla con caricias. Sesenta y siete segundos. Récord personal. Pero no importa. Siento vacío dulce. Adulto de golpe. Inocencia ida. Aquella noche en el hotel, con lluvia afuera y mafias lejos, descubrí el placer crudo. Nervios convertidos en fuego. Jennifer se fue al Brasil. Yo quedé marcado. Para siempre. La huella de su boca en mi alma. Fin de la niñez. Inicio de algo salvaje.

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