Estábamos en el dormitorio de mi novio, solos por primera vez en meses. La luz tenue de la lámpara de noche iluminaba su cuerpo semi-desnudo sobre la cama. Mi corazón latía como un tambor desbocado. Hacía tiempo que leía ese guía en secreto, soñando con probar la Etapa 1: el arte de la felación. Pero ahora, el miedo me atenazaba. ¿Y si lo hacía mal? ¿Y si su sabor me repugnaba? Él me miró con ojos hambrientos, su polla ya medio erecta bajo el bóxer. ‘¿Quieres intentarlo?’, susurró. Asentí, con la boca seca, sabiendo que no había marcha atrás.
Me acerqué gateando sobre la cama, las rodillas temblando. Le bajé el bóxer despacio, como dictaba el guía. Su sexo saltó libre, cálido y venoso. Lo tomé en la mano, masturbándolo suave para que gonflara. Sentí su pulso bajo mis dedos, mi propia entrepierna humedeciéndose de puro nerviosismo. Pequeños jadeos suyos avivaron mi excitación. Depuse labios cerrados en el glande, presionando sin abrir la boca. Él empujó instintivo, como si forzara mi entrada. El sabor salado me invadió, metálico y nuevo. Corazón en la garganta, empecé el va-et-vient, boca entreabierta apenas.
La aproximación temblorosa
La maladresse me traicionaba: saliva chorreando, dientes rozando leve. Pero él gemía, arqueando la espalda. Saqué la lengua, lamiendo el frenillo, succionando fuerte el glande. Mordisqueé delicado, bruyante, como recomendaba el texto. El sonido obsceno me ponía a mil. Unté miel en su eje, dulce y pegajosa, facilitando todo. Lamí voraz, saboreando la mezcla. Mi pulso acelerado, pezones duros contra la camiseta. Llevé mi dedo índice a la boca, lo lubriqué con saliva y, temblando, lo deslicé en su ano. Solo unos centímetros, va-et-vient tímido mientras chupaba. Su polla se endureció al máximo, roja de deseo.
Até el lazo en la base, nudo de zapato apretado. Control total mío. Él suplicaba, yo decidía. Masturbé con la mano libre, dedo en su culo, boca incansable. Sudor perlando mi frente, excitación visceral subiendo. Sentía su ano contraerse alrededor de mi dedo, su glande hinchado en mi garganta. Nervios y placer mezclados, primera vez sintiéndome diosa. Tensión insoportable, sus caderas temblando.
El instante de ruptura
Tiré del lazo con su polla en la boca. El chorro caliente explotó, salado y espeso sobre mi lengua. Lo probé, tragué a sorbos, sorprendiéndome con su gusto adictivo. Limpié cada resto, lamiendo limpio. Él jadeaba exhausto, yo vibrante, nueva. Descansamos breve, pero pronto su erección volvió. Repetí todo, más segura, sabiendo que esa noche había cruzado el umbral.
Después, tumbada a su lado, el corazón aún acelerado, sentí el vacío de la inocencia rota. Ya no era la chica tímida del principio. Ese sabor persistía en mi boca, marca indeleble. El mundo sexual se abrió vasto, prometiendo más: entre chicas, sodomía, grupos. Pero esa felación primera, torpe y cruda, me transformó. Pasé de niña a mujer hambrienta de placer, con el eco de sus gemidos en mi alma.