El laboratorio olía a desinfectante y a algo prohibido. Era tarde. Las luces tenues parpadeaban. Mi corazón martilleaba en el pecho, como un tambor desbocado. Élodie sonreía, maliciosa, con ese cuaderno en la mano. Anne-Sophie ya estaba allí, semidesnuda sobre la mesa de trabajo, sus curvas pálidas iluminadas por la lámpara. Me habían acorralado con su chantaje. Pero en el fondo, un fuego desconocido ardía. Sudaba. Las manos temblaban. ‘Quítate la ropa’, ordenó Élodie. No había marcha atrás. El miedo me atenazaba la garganta, pero el deseo, ese cosquilleo en la entrepierna, me empujaba. Caminé hacia ellas, torpe, tropezando con un taburete. Anne-Sophie me miró por primera vez, sus ojos fríos pero curiosos. Mi polla se endurecía sola, traicionándome. ‘Ven’, susurró ella. El aire era espeso, cargado de promesas sucias. Me acerqué, el pulso acelerado, la piel erizada. Sabía que esto cambiaría todo. Mi inocencia colgaba de un hilo. No podía parar.
Sus dedos rozaron mi pecho desnudo. Electricidad pura. Me subí sobre ella, a horcajadas, como en un sueño febril. Mi polla rozó su coño húmedo por primera vez. Jadeé. Era suave, caliente, viva. Empujé despacio, inseguro. Entré en ella centímetro a centímetro. ¡Dios! La sensación me voló la cabeza. Estrecha, palpitante, envolviéndome. Mis caderas se movieron solas, torpes al principio, chocando mal. Ella gimió bajito, arqueando la espalda. Élodie dibujaba, pero yo no la veía. Solo sentía: el calor húmedo apretándome, el sudor goteando, mis huevos golpeando su culo. Aceleré, salvaje. El placer subía como una ola. Nervios y éxtasis mezclados. Gemí fuerte, perdiendo el control. Su interior se contrajo, ordeñándome. Explosión. Chorros calientes dentro de ella, mi cuerpo convulsionando. Primera vez eyaculando en una mujer. El mundo se deshizo en temblores.
La Aproximación Inevitable
Caí a su lado, exhausto, pegajoso. El laboratorio giraba. Anne-Sophie respiraba agitada, una sonrisa fugaz. Élodie aplaudió suavemente. ‘Bienvenido al mundo real’. Mi inocencia se había roto como un cristal. Ya no era el tímido de siempre. Algo nuevo nacía: confianza, hambre de más. Lágrimas picaban en mis ojos, mezcla de vergüenza y euforia. Me vestí en silencio, las piernas flojas. Salí al pasillo frío, pero dentro ardía. Esa noche no dormí. Repasaba cada roce, cada jadeo. Habían abierto la caja de Pandora. Ahora quería todo: sus cuerpos, su complicidad. El chico solo había muerto. Renacía hombre, marcado para siempre por ese primer fuego visceral.