En el templo de Babilonia, junto a las columnas cubiertas de hiedra, la noche caía pesada. El aire olía a lys y jazmín, mezclado con incienso dulce. Yo, Namtar, el escriba torpe, esperaba con el corazón en la garganta. Ishtar, la sacerdotisa, había dejado la tableta con mi poema. ‘Ven a medianoche’, susurró. Mis manos sudaban. Cada paso resonaba como un trueno en mi pecho.

Me acerqué. Ella estaba allí, envuelta en velos translúcidos que dejaban ver curvas suaves bajo la luz de antorchas. Sus ojos negros brillaban como estrellas. ‘Namtar’, dijo con voz ronca, ‘has escrito fuego’. Extendió una mano con uvas rojas, jugosas. Las mordí. El jugo corrió por mi barbilla. Nuestros dedos se rozaron. Electricidad. Mi polla se endureció al instante, presionando contra la túnica. Miedo. ¿Y si fallo? ¿Y si duele? Pero el deseo ardía más fuerte. No hay vuelta atrás. Sus labios se curvaron en sonrisa pícara. Me atrajo hacia la sombra de las columnas.

El Acercamiento: Temblores Bajo las Columnas

El aliento se aceleró. Mi corazón martilleaba, sordo. Ella deslizó un dedo por mi cuello. Temblé. ‘Mírame’, ordenó. Levanté la vista. Sus pechos subían y bajaban rápidos. Acerqué la boca. Primer beso. Torpe. Dientes chocaron. Lenguas húmedas se enredaron, saboreando vino y fruta. Gemí. Sus manos bajaron, apretaron mi culo. La mía subió por su muslo. Piel caliente, suave. Arrancé el velo. Sus tetas firmes saltaron libres. Pezones oscuros, duros. Los lamí. Ella jadeó. ‘Sí, así’. Mi verga palpitaba, lista para explotar.

La Huella: El Eco de la Inocencia Rota

Caímos sobre alfombras de pétalos. Ella guió mi mano a su entrepierna. Húmeda. Caliente. Dedos resbalaron en su coño empapado. ‘Entra’, suplicó. Me quité la túnica. Mi polla, tiesa y venosa, apuntaba al cielo. Nervios me traicionaron: temblaba tanto que rocé su vientre primero. Risas nerviosas. Ella me tomó, guió la punta. Presión. Lentamente empujé. Apriete virgen. Dolor agudo para mí, placer abrasador. ‘¡Joder!’, grité. Entré hasta el fondo. Calor envolvente, succionando. Embestí torpe, descoordinado. Sudor chorreaba. Sus uñas en mi espalda. Gemidos salvajes. Ritmo creció. Caderas chocaban. Olas de placer subían. Explosión. Corrí dentro, chorros calientes. Ella convulsionó, gritando mi nombre.

Quedamos jadeantes, pegados en sudor. Salí despacio, semen goteando de su raja hinchada. Silencio roto por respiraciones. Mi cuerpo zumbaba. Inocencia hecha trizas. Ya no era el chico del templo. Algo nuevo nacía: hambre insaciable. La miré. Ella sonreía satisfecha. ‘Has escrito tu historia en mí’. Toqué su piel, aún febril. El mundo cambió. Aquella noche, en Babilonia eterna, pasé de niño a hombre. El deseo, ya no desconocido, me poseía. Y yo, ansioso por más páginas.

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