El crepúsculo teñía el cielo de naranjas y malvas. El viejo canal reflejaba luces cálidas bajo los plátanos. La guinguette de madera patinada se erguía allí, con su pista iluminada por farolillos que bailaban con la brisa. Olor a flores, vino y agua fresca. Ahí nos encontramos por primera vez. Ahí empezó todo.

Sentados en una mesa redonda tambaleante, al borde de la pista. Yo, con mi vestido de verano, ajustando la fina tirante. Él, pasando la mano por su pelo, ocultando el temblor. Miradas esquivas. Silencio pesado. Dos desconocidos atraídos por la música. El corazón me latía fuerte. Sudor en las palmas. ¿Y si me rechaza? ¿Y si no sé bailar?

La aproximación: nervios y el llamado del tango

El orchestra se instaló. Bandonéon, violines, contrabajo. El tango surgió, lento, melancólico. Me mordí el labio. Él tamborileaba los dedos en la mesa. Nuestros ojos se cruzaron. Deseo crudo. Miedo insidioso. La de no ser suficiente. La de que el momento se escape. Un par de desconocidos pasó: “¡Vengan! La noche invita”. Impulso eléctrico. Nos miramos. Sabíamos que no había vuelta atrás.

Me tendió la mano. La tomé. Palpitante, caliente. Caminamos torpes hacia la pista. Piernas flojas. Corazón desbocado. Bajo los farolillos, el mundo se borró. Primer paso. Fruncimiento. Dudas mudas. Nuestros cuerpos se buscaron. Malabares. Temblores. Sonreímos, confusos por la torpeza. Pero algo cedió. Recuerdo vago de pasos instintivos. Sus manos en mi cintura. Mi pecho contra el suyo. Calor subiendo.

Sus dedos apretaron mi cadera. Guiaba firme. Yo me abandoné. Ochos lentos, sensuales. Su mirada ardiente. Adornos suyos, promesas mudas. Respiraciones entrecortadas. Sudor mezclado. El tango nos poseía. Cada roce, chispa. Piernas rozando. Muslos tensos. Bajo la mesa antes, ahora en la pista: erección presionando. Mi humedad traicionera. Nervios a flor de piel. Excitación del inconnu. Primera vez tocando así a un hombre.

El instante: el fuego del primer contacto

La música subió. Pasos audaces. Me hizo girar, me atrapó fuerte. Labios en mi sien. Ojos cerrados. Lágrima de placer. El deseo explotaba. No pensábamos. Vibrábamos. Nos quemábamos. Al final, lentos. Frentes juntas. Alientos fundidos. Manos entrelazadas. Caminamos al pontón de madera junto al canal. Reflexiones temblorosas en el agua.

Allí, en la oscuridad, su mano en mi nuca. Beso hambriento. Lenguas torpes al principio. Saliva, dientes. Manos bajando. Tirante caída. Pechos expuestos al aire fresco. Sus dedos en mis pezones. Duros, sensibles. Gemido ahogado. Mi mano en su pantalón. Dureza palpitante. La saqué. Piel caliente, venas marcadas. Primera vez tocando un pene erecto. Nervios. Excitación visceral.

Me recostó en el pontón. Vestido arriba. Bragas abajo. Dedos explorando mi sexo húmedo. Clítoris hinchado. Jadeos. “Despacio”, susurré. Entró lento. Dolor agudo primero. Luego, plenitud. Estocadas nerviosas. Malabares al ritmo del tango lejano. Caderas chocando. Sudor goteando. Gritos contenidos. Orgasmo brutal. Él dentro, caliente. Semilla derramada.

Después, quietud. Agotados, abrazados. Agua lamiendo el pontón. Estrellas arriba. Inocencia rota. Mundo nuevo. Sensación de adulta. Marca indeleble. Su beso en mi frente. Caminamos de vuelta, manos unidas. El tango lejano aún sonaba. Aquella primera vez nos cambió. Nervios, fuego, eternidad.

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