¿Cómo había terminado allí? La lluvia helada empapaba mi ropa. La discusión con él se diluía en mi mente. Colérica, salí sin chaqueta. Estornudé. La carretera desierta. Vi la casa oscura. Me refugié en el porche. Rodillas contra el pecho, tiritaba. La puerta crujió. Me levanté balbuceando.

—Perdón, solo me abrigo de la lluvia.

La aproximación: tensión y deseo incontrolable

El hombre, no muy alto, sesentón pero firme. Me miró, notó mi camisa transparente. Brazos cruzados por pudor y frío.

—No estás vestida para esto.

Me justifiqué. Quise irme. Pero insistió. Entré. Pasillo, salón iluminado tenuemente. Temblaba. Me dio una bata burdeos mullida.

—Cámbiate al lado. Enciendo la chimenea.

En la habitación contigua, me desnudé rápido. Ropa empapada al suelo. Sujetador y tanga de encaje mojados. Los quité. Solo medias, que resbalaron por mi piel húmeda. La bata me envolvió. Grande, suave contra mi desnudez. Manchas enrolladas. Volví al sofá. Fuego crepitaba. Me acurruqué. Él apenas me miró. Apreté la cintura, sonrojada.

—Té para entrar en calor.

Cogió mi ropa. Horror: mi lencería dentro.

—¡No!

El instante y la huella: placer prohibido eterno

Demasiado tarde. Salió. Imaginé sus manos desplegándola. El calor subía a mis mejillas. Corazón latiendo fuerte. ¿Qué hacía desnuda en casa de un extraño? La bata rozaba mis pezones endurecidos. Nervios. Excitación prohibida. Esperé. Minutos eternos. Cada crujido me erizaba.

Volvió. Ojos distintos. Más intensos. Se sentó cerca. Demasiado cerca. Olía a jabón viejo y madera.

—Tu ropa seca pronto. Estás… hermosa así.

Tragué saliva. Piel erizada. Sus dedos rozaron mi rodilla al pasar el té. Chispa. No me aparté. Mirada fija. Sabía que no retrocedería. Deseo mezclado con miedo. Corazón desbocado. La bata se abrió un poco. Vi su mirada bajar. Mis pechos expuestos levemente. No la cerré. Temblor en el vientre. Bajó. Humedad entre mis piernas. Primera vez sintiendo esto con un desconocido. Mayor. Prohibido.

Sus manos subieron lentas. Dudé. Dejé. Tocó mis muslos. Piel de gallina. Nerviosa, excitada. Besó mi cuello. Jadeé. Boca experta. Manos desataron la bata. Desnuda ante él. Pechos libres. Los lamió. Lengua áspera. Gemí bajito. Inocencia rompiéndose. Dedos bajaron. Encontraron mi sexo húmedo. Entró uno. Lentamente. Explosión. Sensación nueva, cruda. Arqueé la espalda. Más. Dos dedos. Ritmo. Clítoris hinchado. Grité suave.

Me tumbó en el sofá. Pantalón abajo. Su polla erecta, venosa, mayor que imaginaba. Primera vez viéndola así. Nervios en estómago. La acerqué. Dura, caliente. Lamí la punta. Sabor salado. Él gruñó. Me guió. Boca llena. Chupé torpe, excitada. Tosqué un poco. Maladroite. Pero seguí. Él jadeaba.

Me puso a cuatro. Entró despacio. Vergüenza. Placer. Estirada al máximo. Dolor inicial. Luego olas. Golpes profundos. Sudor. Gemidos míos. Sus manos en caderas. Más fuerte. Orgasmo me rompió. Temblores. Él se corrió dentro. Calor líquido.

Después, yacimos. Fuego chisporroteaba. Inocencia ida. Mundo nuevo. Miedo post coito. Pero huella grabada. Corazón calmado. Sabía que había cruzado. Adulta ahora. Desnuda aún, piel pegajosa. Él sonrió. Yo temblé de aftershock. Lluvia afuera. Pero dentro, fuego eterno.

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