En el salón del ala oeste del castillo, el corazón me latía con fuerza. Entré temblando, alisando mi falda corta. El conde Hubert me esperaba, su mirada me desnudaba ya. ‘Entra, mi pequeña’, dijo tomándome la mano. Su piel suave me erizó. Serví whisky, nuestras copas tintinearon. ‘A tu presencia aquí’. El licor quemó mi garganta. Llamadas interrumpían, pero sus ojos volvían a mí. Me pidió masaje. Me senté frente a él, desabotonó su camisa. Mis manos en sus hombros, firmes, cálidas. Olía a hombre, a poder. Mi pecho subía y bajaba, expuesto por el escote. Nervios me atenazaban. ¿Qué seguía? No podía retroceder. Sus elogios me halagaban, pero su mirada bajaba a mis muslos. Leí poemas eróticos, luego un relato salvaje. Seis hombres devorando cuerpos. Mi voz temblaba, mi tanga se humedecía. ‘Bien, mi pequeña, qué gracia’. Al agacharme por los libros, piernas tensas, sentía su mirada en mis nalgas. El rubor subía. Luego, la pared se abrió. Sala roja, violeta. Cruz de San Andrés. ‘Te mostraré’. Me ató. Brazos arriba, tobillos abiertos. Giró horizontal. Expuesta. Mi corazón tronaba. Sus dedos subían por mis piernas, por los ligueros. Tocó mi sexo a través del tanga. Húmeda. Vergüenza y fuego. Frotó su polla dura contra mí. El calor me invadía. No paraba. Mi cuerpo traicionaba, chorreaba. Bajó la cruz, me liberó. Volvimos al sofá. ‘Dame tu tanga’. Lentamente, lo bajé. Mojado, pegajoso. Él lo olió, se tocó. ‘Siéntate en mis muslos’. A horcajadas, su polla fuera. Grande, palpitante. La envolví con mi tanga, masturbé. Sus manos en mis tetas, desnudándolas. Dedos en mi coño, en mi ano. Primero dedo, invasor. Tensión crecía. Aceleré. Gimiendo, eyaculó. Semen caliente en mis manos, en la tela. ‘A rodillas, límpiame con la boca’. Lengua en su polla, salado, amargo. Lamí todo, limpia. Orgullo y confusión. ‘Puedes irte’. Sin tanga, salí. El pasillo giraba.

Sus dedos en mi piel, primer roce real. En la cruz, inmovilizada, su aliento cerca. Polla contra tanga, frotando mi raja. Sensación nueva: presión, humedad mezclada. Corazón desbocado, pezones duros. Bajó al sofá, su verga en mi mano. Palpitaba, venosa. La apreté, subí y bajé. Él metió dedo en mi culo, estirándome. Dolor dulce, desconocido. Sus caricias en mi clítoris, fuego. Gemí bajito. Eyaculó chorros espesos, calientes. Sabor en boca al lamer: viscoso, mío ahora. Explosión sensorial, cuerpo vivo por primera vez.

La aproximación: nervios y deseo incontrolable

Salí del salón, piernas flojas, coño al aire. Inocencia rota. Ya no era la chica pura de mi familia de criadas. Ahora sabía el poder del deseo, el servicio íntimo. El conde me había marcado. Cada paso, semen seco en labios, humedad entre piernas. Orgullo torcido, adicción naciente. Miraba atrás, no innocence perdida, sino horizontes abiertos. Volvería por más.

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