El silencio de la sala de lectura era casi absoluto, solo roto por el leve crujido de las páginas que pasaba con lentitud. Estaba sentado en una de las mesas del fondo, rodeado de estanterías altas que olían a papel viejo y madera pulida. Mis ojos se habían cansado de los apuntes de derecho y, sin darme cuenta, se desviaron hacia la mesa contigua.
Allí estaba ella, Elena, con el cabello castaño recogido en un moño deshecho que dejaba algunos mechones sueltos sobre su nuca. Llevaba una blusa blanca ligera que se ajustaba suavemente a sus hombros y una falda plisada que apenas cubría sus rodillas cruzadas. No nos conocíamos más que de vista; coincidíamos casi todas las tardes en aquella biblioteca universitaria del centro histórico. Aquel día, sin embargo, el calor de finales de primavera había hecho que las ventanas permanecieran abiertas, y una brisa tibia movía las cortinas.
Me fijé en cómo su pie, calzado con una sandalia sencilla, se balanceaba ligeramente bajo la mesa. El movimiento era hipnótico. Deslicé la mirada por su pantorrilla, la curva suave de su pierna, y sentí un leve cosquilleo en el estómago. Intenté volver a mis libros, pero mis ojos regresaban una y otra vez. Ella levantó la vista de repente y me sorprendió mirándola. En lugar de fruncir el ceño, sonrió con timidez y volvió a bajar la mirada, mordiéndose apenas el labio inferior.
Pasaron unos minutos. El corazón me latía más rápido de lo normal. Decidí levantarme para buscar un volumen en la estantería que estaba justo detrás de su silla. Al pasar a su lado, mi cadera rozó accidentalmente el respaldo. Ella se movió ligeramente y su hombro tocó mi muslo. Fue un contacto brevísimo, pero suficiente para que un calor repentino subiera por mi pierna. Murmuré un «perdón» casi inaudible. Ella giró la cabeza y sus ojos verdes se clavaron en los míos.
—No pasa nada —susurró. Su voz era baja, cálida, como si compartiéramos un secreto.
Regresé a mi asiento con las manos temblorosas y el libro equivocado. Intenté concentrarme, pero ya no podía. Cada pocos segundos la observaba de reojo. Ella parecía igualmente distraída; sus dedos jugaban con el borde de la página sin leerla realmente. Al cabo de un rato, se levantó y caminó hacia la misma estantería. Al pasar junto a mí, su falda rozó mi brazo. Sentí la tela ligera, el calor de su piel a través de ella. Mi respiración se volvió más profunda.
Cuando volvió, en lugar de sentarse en su sitio, dejó sus cosas y se acomodó en la silla frente a mí, al otro lado de la mesa estrecha. Ahora podía verla mejor. Sus mejillas tenían un leve rubor. Bajó la mirada a su libro, pero sus pies descalzos buscaron los míos bajo la mesa. El primer contacto fue tímido: la planta de su pie contra mi tobillo. No me aparté. Lentamente, su pie subió por mi pierna, acariciando la tela del pantalón con una lentitud que me hizo tragar saliva.
El deseo comenzó a crecer como una ola lejana. Mi sexo empezó a endurecerse sin que pudiera evitarlo. Ella lo notó; vi cómo sus pupilas se dilataban ligeramente. Su pie continuó ascendiendo hasta llegar a mi rodilla, luego más arriba, presionando con suavidad contra el bulto que se formaba en mi entrepierna. La presión era ligera, juguetona. Moví mi pierna para facilitarle el acceso y ella sonrió sin levantar la vista del libro.
El reloj de la pared marcaba casi las ocho. La biblioteca empezaba a vaciarse. Solo quedábamos nosotros dos y un bibliotecario lejano que ordenaba estanterías. Me atreví a extender mi mano bajo la mesa y tocar su tobillo. Su piel era increíblemente suave. Subí con lentitud por su pantorrilla, sintiendo cómo se erizaba. Ella separó un poco las rodillas. Mi mano continuó hasta llegar al borde de su falda. Allí me detuve, acariciando el interior de su muslo con la yema de los dedos. Su respiración se volvió audible.
—Ven —susurró ella de pronto, cerrando su libro.
Se levantó y yo la seguí. Caminamos entre las estanterías hasta la sección de archivos antiguos, un rincón poco iluminado donde casi nadie iba. Allí, entre dos filas de libros polvorientos, nos detuvimos. Elena se apoyó contra una estantería y me miró directamente. Sus ojos brillaban de excitación contenida. Me acerqué hasta que nuestros cuerpos casi se tocaban. Podía oler su perfume suave, mezclado con el aroma cálido de su piel.
Empecé besando su cuello con delicadeza. Mis labios rozaron la curva bajo su oreja y ella inclinó la cabeza para darme mejor acceso. Sus manos se posaron en mi pecho, subiendo lentamente hasta rodear mi nuca. El deseo ya era una presión constante en mis pantalones. Bajé una mano por su espalda, siguiendo la línea de su columna hasta llegar a la curva de sus nalgas. Las apreté con suavidad por encima de la falda. Ella soltó un suspiro entrecortado.
Deslicé la mano bajo la tela, encontrando la piel desnuda de sus muslos. Subí más, descubriendo que no llevaba ropa interior. Eso me excitó tanto que mi miembro palpitó con fuerza. Mis dedos rozaron sus labios húmedos, ya hinchados de deseo. Eran suaves, resbaladizos. Los separé con delicadeza y acaricié su clítoris con lentitud circular. Elena mordió mi hombro para ahogar un gemido.
—Más despacio… —murmuró contra mi cuello.
Obedecí. Mis dedos se movían con una lentitud deliberada, explorando cada pliegue, sintiendo cómo su humedad aumentaba. Introduje un dedo con cuidado en su interior. Estaba caliente, apretado. Lo moví suavemente, curvándolo para rozar la zona sensible. Su cadera empezó a moverse contra mi mano en pequeños círculos. Con la otra mano desabroché los botones de su blusa, revelando un sujetador de encaje blanco. Bajé una copa y liberé un pecho firme, de pezón rosado y endurecido. Lo tomé entre mis labios, succionando con suavidad mientras mi lengua lo rodeaba.
Elena jadeaba cada vez más. Su mano bajó hasta mi pantalón y abrió la cremallera con dedos temblorosos. Liberó mi sexo erecto, que saltó caliente contra su palma. Lo acarició de arriba abajo con lentitud, pasando el pulgar por la cabeza sensible donde ya brillaba una gota de líquido. El placer era tan intenso que tuve que apoyarme en la estantería.
Nos besamos por primera vez entonces. Sus labios eran suaves, cálidos, y su lengua buscó la mía con timidez al principio, luego con mayor urgencia. Mientras nos besábamos, aceleré un poco el movimiento de mis dedos dentro de ella. Sentí cómo sus paredes internas se contraían alrededor de ellos. Su mano apretaba mi miembro con más fuerza, masturbándome con un ritmo que me llevaba al borde.
—Quiero sentirte —susurró contra mis labios.
La giré con delicadeza, haciendo que se apoyara contra la estantería. Levanté su falda hasta la cintura. Su culo era redondo, perfecto. Me coloqué detrás y froté mi glande contra su entrada mojada, sin penetrarla aún. La acaricié de arriba abajo, cubriéndome de su humedad. Ella empujó hacia atrás, impaciente. Finalmente, empujé lentamente. Su interior me envolvió centímetro a centímetro, caliente y apretado. Ambos gemimos al unísono cuando estuve completamente dentro.
Empecé a moverme con lentitud, saboreando cada sensación. Mis manos sujetaban sus caderas mientras entraba y salía con movimientos profundos pero controlados. Elena arqueaba la espalda, ofreciéndose más. Una de mis manos bajó hasta su clítoris y lo froté suavemente al ritmo de mis embestidas. Su respiración se volvió entrecortada, sus gemidos más difíciles de contener.
El placer crecía en oleadas. Sentía sus músculos internos apretándome cada vez más. Aceleré un poco, pero manteniendo el control. Ella alcanzó el orgasmo primero: su cuerpo se tensó, sus piernas temblaron y un líquido caliente me empapó mientras se contraía alrededor de mi sexo. Tuve que morderme el labio para no gemir demasiado fuerte.
Cuando sus espasmos disminuyeron, salí de ella con cuidado. La giré de nuevo y me arrodillé frente a ella. Separé sus piernas y acerqué mi boca a su sexo enrojecido. Lo lamí con lentitud, saboreando su sabor dulce y salado. Mi lengua rodeó su clítoris, lo succionó suavemente, luego bajó hasta penetrarla. Elena tuvo que sujetarse a la estantería con ambas manos. Su segundo orgasmo llegó más rápido; sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza mientras se sacudía en silencio.
Me levanté y ella se arrodilló a su vez. Tomó mi miembro en su mano y lo miró con deseo antes de besarlo. Sus labios rodearon el glande, su lengua lo lamió con dedicación. Bajó lentamente, tomándome profundo en su boca caliente y húmeda. Sus movimientos eran lentos, profundos, acompañados de su mano que acariciaba la base. El placer era casi insoportable. La sujeté del cabello con suavidad, guiándola un poco, pero sin forzar.
Cuando sentí que no podía más, la levanté. La apoyé contra la estantería y entré en ella de nuevo, esta vez de frente. Sus piernas rodearon mi cintura. Nos movimos juntos, mirándonos a los ojos. El ritmo era más rápido ahora, pero aún controlado. Sentí cómo el orgasmo se acercaba. Ella susurró mi nombre y se contrajo una vez más alrededor de mí. Eso fue suficiente. Me corrí dentro de ella con fuerza, llenándola mientras el placer me recorría en oleadas intensas.
Nos quedamos abrazados un largo rato, recuperando el aliento. Sus dedos acariciaban mi nuca con ternura. Fuera, la noche ya había caído sobre la ciudad. La biblioteca estaba en completo silencio. Nos vestimos con lentitud, intercambiando miradas y sonrisas tímidas. Antes de separarnos en la puerta, ella me besó suavemente en los labios y susurró:
—Mañana a la misma hora.
Asentí, sintiendo todavía el eco de su calor en mi cuerpo. Caminé hacia casa con una sonrisa que no podía borrar, sabiendo que aquella biblioteca nunca volvería a ser solo un lugar de estudio.