El papel doblado crujió entre mis dedos cuando lo recogí del suelo. Apenas había cerrado la puerta detrás de mí después de un largo día en la oficina cuando lo vi deslizado bajo la rendija. La letra era redonda, femenina, y el mensaje directo: «Si quieres que grite más fuerte esta noche, deja la ventana entreabierta. Todos estamos esperando».
Me quedé inmóvil en el centro de la sala, con el corazón latiendo con fuerza. Tenía veintiséis años y acababa de mudarme a este edificio de apartamentos en el centro de Madrid hacía solo dos semanas. La última cosa que esperaba era recibir notas anónimas de los vecinos. Guardé el papel en el bolsillo de mi pantalón y me serví un vaso de agua fría, intentando ignorar el calor que ya empezaba a subir por mi cuello.
Diez minutos después llamaron a la puerta. Era Laura, veintidós años, la chica del piso de arriba. La había visto un par de veces en el ascensor: cabello castaño largo, sonrisa fácil y una forma de mirarme que siempre me dejaba con la boca seca. Esa noche llevaba una falda ligera de verano y una blusa blanca que se pegaba a su piel por el calor de julio. Sus ojos brillaban con algo que no era solo diversión.
— ¿Recibiste mi nota? —preguntó sin preámbulos, entrando como si ya conociera el lugar.
Cerré la puerta detrás de ella. El apartamento olía a café recién hecho y a la humedad de la lluvia que había caído por la tarde. Laura se sentó en el borde del sofá, cruzando las piernas con lentitud. Podía ver la curva de sus muslos bajo la tela fina. Mi pulso se aceleró.
— Sí. Pero no entiendo del todo. ¿Es una broma?
Ella sonrió, inclinando la cabeza. — No es una broma. Llevo escuchando cómo te mueves por las noches desde que llegaste. Y yo… me excita la idea de que los demás también escuchen. El señor del tercero, la pareja del cuarto… todos. Quiero que sepan exactamente lo que pasa aquí.
Su voz era baja, casi un susurro, pero había una determinación en ella que me dejó sin palabras. Me acerqué un paso. El deseo empezaba a despertar en mi vientre, lento, como una corriente cálida que sube desde las profundidades. Laura descruzó las piernas y separó ligeramente las rodillas. La falda se subió un poco más.
— No estoy seguro de que sea buena idea —dije, aunque mi cuerpo ya estaba traicionándome. Podía sentir cómo mi respiración se volvía más pesada.
Laura se mordió el labio inferior. Con un movimiento deliberado, deslizó una mano por su muslo hasta llegar al borde de la falda. Sus dedos desaparecieron debajo de la tela por un instante y volvió a sacarlos brillantes. Me mostró dos dedos húmedos sin decir nada. El olor dulce y almizclado llegó hasta mí.
Me arrodillé frente a ella casi sin darme cuenta. Mis manos subieron por sus pantorrillas, sintiendo la suavidad de su piel. Laura suspiró cuando mis palmas alcanzaron el interior de sus muslos y los separé con gentileza. No llevaba nada debajo. Su sexo estaba hinchado, reluciente, completamente expuesto. A sus veintidós años, Laura tenía la confianza de quien sabe exactamente lo que quiere.
— Lámeme —murmuró—. Quiero que me hagas correr tan fuerte que se escuche en todo el edificio.
Mi boca se acercó. Primero solo respiré sobre ella, dejando que el calor de mi aliento la hiciera temblar. Luego, con la punta de la lengua, rocé el borde de sus labios inferiores. Ella soltó un gemido suave, casi musical. Animado, hundí la lengua entre sus pliegues, saboreándola despacio. Era dulce, salada, viva. Laura arqueó la espalda y apoyó una mano en mi cabeza, guiándome sin prisa.
— Así… justo ahí —susurró—. Más profundo.
Mi lengua entró en ella, explorando cada rincón. Podía sentir cómo sus músculos internos se contraían alrededor de mí. Con dos dedos separé sus labios y lamí su clítoris con movimientos circulares lentos. Cada vez que lo tocaba, ella emitía un sonido más alto, más largo. El apartamento estaba en silencio excepto por el ruido húmedo de mi boca y sus gemidos crecientes.
De repente, Laura levantó la voz.
— ¡Sí! ¡Justo ahí! ¡No pares, por favor!
Sabía que no me lo decía solo a mí. Su tono era proyectado, como si estuviera actuando para un público invisible. Eso me excitó más de lo que esperaba. Mi erección presionaba contra la tela de mi pantalón, dolorosa y caliente. Seguí lamiendo con más intensidad, alternando entre succionar su clítoris y penetrarla con la lengua. Sus caderas empezaron a moverse contra mi cara, montándome la boca con un ritmo cada vez más urgente.
— Todos nos están oyendo —jadeó ella, ahora sin disimulo—. El del segundo piso… la señora viuda del quinto… ¡que sepan lo mojada que estoy!
Sus palabras eran crudas, directas, y cada una de ellas enviaba una oleada de deseo directo a mi entrepierna. Introduje dos dedos en su interior mientras mi lengua seguía trabajando su punto más sensible. Laura estaba empapada; el sonido de mis dedos entrando y saliendo era obsceno y delicioso. Sus gemidos se convirtieron en gritos cortos, agudos, que rebotaban contra las paredes.
— ¡Más fuerte! —exigió—. ¡Hazme gritar!
Aceleré el movimiento de mis dedos, curvándolos hacia arriba para tocar ese punto interno que sabía que la volvería loca. Su cuerpo entero se tensó. Los músculos de sus muslos temblaban alrededor de mi cabeza. Con la mano libre, ella pellizcaba uno de sus pezones a través de la blusa, retorciéndose de placer.
El orgasmo llegó como una ola lenta al principio, luego devastadora. Laura echó la cabeza hacia atrás y soltó un grito largo, gutural, que seguramente se escuchó en varios pisos. Su sexo se contrajo violentamente alrededor de mis dedos, expulsando un chorro caliente que mojó mi barbilla y el sofá. Seguí lamiendo suavemente mientras ella se estremecía, prolongando cada contracción hasta que sus piernas dejaron de temblar.
Cuando por fin se calmó, me miró con los ojos entrecerrados y una sonrisa satisfecha. Me limpié la boca con el dorso de la mano, todavía de rodillas. Mi corazón latía con tanta fuerza que parecía que iba a salirse del pecho. Laura se inclinó hacia adelante y me besó, probando su propio sabor en mis labios.
— Ahora te toca a ti —dijo contra mi boca—. Pero quiero que me folles contra la ventana. Que vean las sombras si se asoman.
Me levanté. Mis manos temblaban ligeramente mientras me quitaba la camisa. Laura se puso de pie también, se desabotonó la blusa y la dejó caer. Sus pechos eran pequeños y firmes, con pezones oscuros y duros. Se bajó la falda y quedó completamente desnuda frente a mí. A sus veintidós años, su cuerpo era una invitación imposible de rechazar: cintura estrecha, caderas redondas, piel suave y dorada.
La llevé hasta la ventana del salón que daba al patio interior. La noche era cálida y algunas luces de otros apartamentos estaban encendidas. No se veía a nadie directamente, pero la sensación de que podían estar mirando era eléctrica. La coloqué de espaldas a mí, con las manos apoyadas en el vidrio. Ella separó las piernas y empujó sus nalgas hacia atrás, rozando mi erección aún cubierta por el pantalón.
Me bajé los pantalones y los boxers de un solo movimiento. Mi miembro saltó libre, duro como el hierro y goteando. Lo froté entre sus nalgas, deslizándolo por su humedad sin entrar todavía. Laura gimió y movió las caderas, buscando la penetración.
— Por favor… ya —suplicó, aunque su tono seguía siendo exigente.
Entré en ella de una sola embestida lenta. Estaba tan mojada que me deslacé hasta el fondo sin resistencia. Los dos soltamos un gemido al unísono. Me quedé quieto un momento, disfrutando de la sensación de su calor apretándome. Luego empecé a moverme, saliendo casi por completo antes de volver a hundirme con fuerza controlada.
Cada embestida hacía que sus pechos se aplastaran contra el vidrio frío. Cada vez que entraba del todo, ella soltaba un gemido más alto. Pronto los sonidos llenaron el apartamento otra vez: el choque de piel contra piel, sus gritos, mis gruñidos bajos. Podía imaginar a los vecinos pegando la oreja a las paredes, algunos excitados, otros molestos, pero todos conscientes de lo que ocurría.
Aceleré el ritmo. Mis manos sujetaban sus caderas con firmeza, tirando de ella hacia mí en cada movimiento. Laura bajó una mano entre sus piernas y se tocaba el clítoris mientras yo la penetraba. Su segundo orgasmo llegó más rápido, más intenso. Gritó mi nombre, contrayéndose alrededor de mi miembro con tanta fuerza que casi me hizo correr allí mismo.
Salí de ella justo a tiempo. Laura se dio la vuelta, se arrodilló y tomó mi erección en su boca. Sus labios se cerraron alrededor de la cabeza y succionó con avidez, usando la lengua para recorrer la parte inferior. Sus ojos me miraban desde abajo, llenos de lujuria. No aguanté mucho. Con un gemido ronco, me derramé entre sus labios. Ella tragó todo, sin dejar caer ni una gota, y siguió lamiendo hasta que estuve completamente limpio.
Nos quedamos en el suelo junto a la ventana, respirando agitados. El silencio del edificio parecía ahora más denso, cargado de expectativa. Laura apoyó la cabeza en mi hombro y sonrió con picardía.
— Mañana es miércoles —susurró—. Vendré otra vez. Y esta vez traeré el juguete grande. Quiero que me oigan desde la calle.
No respondí. Solo asentí, sabiendo que acababa de cruzar una línea de la que ya no quería volver. El deseo, que había empezado como una simple nota bajo la puerta, se había convertido en algo mucho más grande, más profundo y mucho más peligroso. Y yo, a mis veintiséis años, estaba dispuesto a descubrir hasta dónde podía llegar.