Me desperté en una gran cama mullida, completamente desnuda, con la cabeza latiéndome como un tambor. Era el alba después de mi fiesta de los veinte años, en los sesenta. El aire olía a sexo y sudor. A mi lado, un chico espectacular, moreno, musculoso, sonriendo con picardía. “¿Entonces, cariño, estuvo bueno?”, dijo, su voz ronca. Sus ojos brillaban, prometiendo secretos.
Mi cara de sorpresa lo dijo todo. Corazón acelerado, estómago revuelto por la resaca y algo más: un cosquilleo entre las piernas. No recordaba nada. Era fresca, aguichante, pero siempre sage. “No te acuerdas, ¿eh?”, rió. Levantó las sábanas despacio. Su polla dura, gruesa, apuntando al techo. Me mordí el labio. Miedo. Excitación. El pulso en las sienes, pezones endureciéndose al aire fresco. No había marcha atrás. El deseo me traicionaba.
La Aproximación: Tensión y Deseo en la Noche
La noche volvió en flashes mientras él hablaba. La fiesta con amigos, risas, vasos chocando. Demasiado ron, demasiado rápido. Bailes pegados, su mano en mi cintura, bajando. Nervios en el estómago, como mariposas furiosas. “Ven, sigamos la fiesta”, susurró en mi oído. Labios rozando mi cuello. Temblé. Insouciante, pero virgen en el fondo. Lo seguí al cuarto, piernas flojas. Puerta cerrada. Beso torpe al principio, lenguas chocando, saliva mezclada. Manos inexpertas: la mía en su pecho duro, la suya subiendo mi falda.
Sus dedos rozaron mi braguita húmeda. Jadeé. Corazón desbocado. “Estás empapada”, gruñó. Me quitó la ropa con prisa, torpe, excitado. Yo igual: unbotoné su camisa, arañé su espalda. Caímos en la cama. Su boca en mis tetas, chupando pezones. Rayos de placer bajando al coño. Gemí bajito, avergonzada. Polla contra mi muslo, caliente, pulsante. Nervios: ¿dolerá? ¿gustará? Él se posicionó, frotando la punta en mi entrada. Empujó lento. Dolor agudo, luego plenitud. “¡Joder!”, grité. Empezó a moverse, ritmos salvajes.
El Instante: Explosión de Sensaciones Nuevas
Me folló duro, como animales. Sudor goteando, camas crujiendo. “¡Más! ¡Más!”, oí mi voz gritando, perdida en el alcohol y el éxtasis. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgando torpe, pechos rebotando. Él en mi culo después, abriéndome nueva. Gritos ahogados, orgasmos explotando. Toda la noche, sin parar. Descubriendo sabores prohibidos, olores crudos, texturas viscerales.
Al amanecer, resaca y él a mi lado. “Te reventé todos los agujeros”, dijo riendo. Aïe. No era yo. O sí lo era. Inocencia rota, horizontes abiertos. El alcohol desató la fiera dentro. Diez años después, repetí con dos chicos. A los cuarenta, con una mujer: lenguas en coños, tetas perfectas. A los cincuenta, hasta un pepino. Pero esa primera, en esa cama, fue el big bang. Latidos eternos, maladresa excitante. Ahora, a los sesenta, ¿qué vendrá? El deseo sigue vivo.