Allí estaba ella, en mi sofá. La pequeña falda ceñida moldeaba sus curvas generosas. Dos copas de vino la habían soltado un poco. Reclinó las piernas bajo ella mientras yo servía zumo. Me senté cerca. Demasiado cerca. Mi corazón latía fuerte. Hacía meses que jugábamos a esto: piscina, cine, manos rozadas. Pero esta noche, en mi apartamento junto al bar, no había excusas.
Empecé por su pie. Dedos suaves en el tobillo. Subí despacio. Ella no dijo nada al principio. Solo un suspiro. ‘¿Qué haces?’, murmuró con coqueteo. ‘Rindo homenaje a unas piernas hermosas’, respondí. Nervios en el estómago. ¿Y si la rechazo? Manos en sus pantorrillas. Carne firme, cálida. Ella tembló. ‘No es razonable’, dijo, pero no apartó la pierna. Subí más. Muslos suaves, piel erizada.
La Aproximación: Tensión en el sofá
La besé en el cuello. Olor a vainilla y deseo. ‘Ven a la cama, te masajeo de verdad’, propuse. Dudó. ‘Soy gorda, no querrás verme’. Mi pulso se aceleró. ‘Eres perfecta’. La llevé. Velas encendidas. Quité la falda. Besos en cada centímetro de piel expuesta. Prone en la cama. Aceite perfumado. Manos en hombros, espalda. Desabroché el sujetador. Bajé la braga un poco. Masajeé nalgas. Entre sus piernas, humedad. Mi verga palpitaba dura.
La volteé. Pies, dedos juguetones. Manchas en la braga. Confianza creció. Rostro, labios. Lengua en su boca. Primer beso de verdad. Fuego. Lenguas enredadas. Aliento corto.
El Instante y la Huella: Del éxtasis a la nostalgia
Segunda parte: El Instante. Manos en pechos. Pesados, tetas que llenan la mano. Pezones duros. Boca succiona, muerde suave. Bajé la braga. Dedos en labios vaginales hinchados. Clítoris erecto. Lengua en coño mojado. Nectar salado. Dedos dentro. Ella gime, arquea. ‘¡Sí!’. Orgasmos la sacude. Tiembla.
Condón puesto. Vergo erecta entra. Calor apretado. Piernas en mis hombros. Bombeo fuerte. Gritos. Eyaculo dentro, jets calientes. Colapso sobre ella.
La Trace: Reloj rojo. ‘Mis hijos’, dice. Se viste rápido. Abrazo post-sexo, piel pegajosa. Puerta cierra. Solo. Pero cambiado. Esa noche, en mi Annus Horribilis, el fuego no destruyó. Salvó. Rompió mi caparazón solitario. Primera vez real después de folladas vacías. Nervios, torpeza excitante. Corazón acelerado. Ahora, recuerdos visceraes: su olor, gemidos, humedad. Adiós inocencia. Hola, deseo verdadero. (612 palabras)