Estaba sentada frente al ordenador, en la casa silenciosa. El corazón me latía con fuerza. Acababa de ducharme, con mi blusa blanca y falda plisada del convento. Sylvie se había ido. La frustración bullía dentro. Pero leí a San Agustín. Sus palabras sobre la concupiscencia de la carne. ‘Limoso fondo de la concupiscencia’. Me golpeó. Él lo había sentido. ¿Y yo? Cerré el libro de golpe. No más. O sí.
Abrí el navegador. Entre favoritos, ‘Revebebe’. ¿Qué era? Clic. Récits eróticos. Sabía que rompía mis votos. Pero la curiosidad ganó. Clic en ‘La vendedora de zapatos’. ‘Todos tenemos deseos bisexuales ocultos’. Leí. El pulso se aceleró. Caresses furtivas en vestuarios. Imaginé. Verano, falda ligera, blusa sin mangas. Libertad en la piel.
La aproximación: curiosidad y primer temblor
Boca golosa de la vendedora. Temblé. Levanté la falda despacio. Mis muslos blancos al aire. ‘Si este flujo de delicias es el Diablo, le cedo’. Corazón desbocado. Miedo y ganas revueltas. No hay vuelta atrás. Seguí leyendo. Axilas afeitadas, blancas. Ojos bajando a mi pecho. No, al de ella. Se me erizaron los pechos. Duvet rubio en antebrazos. Quise besarlo.
Dedos en mi sexo, sobre la braga. La froté. Blusa abierta, nacimiento de sus senos. Tetas con pecas, pezón rosado arrugado. Me dolía el vientre. Torturé mi raja. Abrí la blusa. Pellizqué mi tetina. Como ella, acariciándose los pechos. Rubor en las mejillas. Luxuria pura.
Sus muslos blancos, lisos. Me levanté. Bragueta al suelo. Piernas abiertas. Me toqué sin pudor. ‘No lleva bragas’. Gimiendo bajito. Dedos entre labios vaginales. Buscaba algo. Mano subiendo por muslo interior. Lo releí diez veces. Perla dura bajo el dedo. Rodaba. Me hacía tambalear. Respiraba fuerte, boca entreabierta. Ojos fijos. Yo era ella.
El clímax y la huella eterna
Maltraté la perla. No creía lo que leía. Tanto placer en palabras. En la vida. Releí. Exhibición, complicidad. Crispación. Mis dedos martirizaban carnes. Pellizcaban labios. Hundían en vagina. Volvían al clítoris. Gemía más. Ruido húmedo de dedos chapoteando. Chavé.
Algo creció. Angustia. ¿Muero? Ola gigante en el vientre. En todo el cuerpo. Explotó. Jugué. Grité muda. Cuerpo convulso. Sudor frío. Vacío dulce.
Después, jadeante. Inocencia rota. Mundo nuevo. Ya no era la misma. El placer, real. Tellúrico. Como San Agustín, pero al revés. Sonreí. Quería más.