Aquel domingo, el cobertizo olía a madera húmeda y heno seco. Esperaba a Philippe con el estómago revuelto. El sol filtraba rayos polvorientos por las rendijas. Mi corazón martilleaba. ¿Y si mamá nos pillaba? ¿Y si él me veía como una niña? Pero el deseo ardía. Sus cartas me habían encendido. Bajo el gran roble ya nos habíamos besado, su mano en mi rodilla. Ahora, aquí, no había marcha atrás. Oía sus pasos. La puerta crujió. Entró, sonriendo nervioso. ‘Mi Gigi’, murmuró. Me acerqué, temblando. Sus brazos me envolvieron. Olía a colonia y aventura. Nuestros labios chocaron torpes, urgentes. Sentí su aliento caliente. Mis manos subieron a su nuca. El mundo se achicó al cobertizo.
Sus dedos rozaron mi blusa. Dudó. Yo asentí, muda. Desabrochó un botón. Otro. El aire fresco besó mi piel. Jadeé. Mi pecho subía y bajaba rápido. Él miró mis senos, ojos hambrientos. ‘Eres perfecta’, susurró. Bajó la cabeza. Su boca cálida rozó un pezón. Un relámpago me atravesó. Gemí bajito. Lamía suave, luego chupaba fuerte. Mis piernas flaquearon. Agarré su pelo. El placer era nuevo, salvaje. Sentí mi sexo humedecerse, pulsar. Sus manos bajaron a mi falda. La subió. Tocó mi muslo. Más arriba. Mis bragas empapadas. Fingí sorpresa, pero quería más. ‘Philippe…’, rogué. Él gruñó, excitado. Me empujó contra la pared. Su polla dura presionaba mi vientre por la ropa. La froté instintiva. Él jadeó.
La Aproximación Nerviosa
No paramos. Bajó mis bragas. Sus dedos exploraron mi coño virgen. Húmedo, abierto. Entró uno. Dolor dulce. Movió lento. Yo me mordí el labio. Otro dedo. Gemí más fuerte. Su boca volvió a mis tetas, mordisqueando. Mi clítoris hinchado rogaba. Él lo rozó. Explosión. Cuerpo arqueado. Venía ya, primera vez tocada así. Él se desabrochó. Sacó su verga tiesa, venosa. La primera vista. Grande, palpitante. Me arrodillé por impulso. Lamí la punta. Salado. Él gimió. Chupé torpe, garganta apretada. Cramps en la mandíbula. Pero excitante. Me levantó. Preservativo. Torpe poniéndolo. Me tumbó en el heno. Piernas abiertas. Nervios máximos. ‘Te amo’, dijo. Entró despacio. Quema. Llenura. Lágrimas. Dolor y gozo. Empujó. Ritmo creció. Sudor. Gemidos. Sus bolas chocaban. Mi coño lo apretaba. Venía él, gruñendo. Yo después, olas. Colapsamos, pegados.
Después, el silencio pesaba. Su peso sobre mí, cálido. Preservativo lleno, lo quité. Olor fuerte. Lo guardé, trofeo culpable. Me vestí temblando. Besos suaves. ‘Mi primera vez’, susurré. Él sonrió. Pero algo cambió. Inocencia ida. Cuerpo despierto, hambriento. Caminamos al dîner, fingiendo. Charles-Henri nos miró pícaro. Mamá ajena. Esa noche, toqué mi piel recordando. Dolor tierno abajo. Felicidad y miedo. Sabía que no volvería atrás. Aquel cobertizo abrió puertas. Placer adictivo. Amor loco. Aunque luego todo se rompiera en insultos y cartas furiosas, esa primera vez grabada en carne. Nervios, torpeza, éxtasis. El fin de la niña, nacimiento de la mujer. Aún palpita al recordarlo.