En el jardín del Santuario, el sol tropical me abrasaba la piel desnuda. A cuatro patas, el césped rozaba mi polla erecta. Lévana caminaba a mi lado, serena, poderosa. Mi corazón latía desbocado. Nervios. Sudor en la espalda. ¿Qué coño hacía yo aquí? Desnudo. Obediente. Cada orden suya me humillaba y excitaba a partes iguales. El aire cálido lamía mis huevos expuestos. No había vuelta atrás. Lo sabía. Mi polla palpitaba, traicionándome.
Me detuve. Ella se agachó frente a mí. Sus ojos azules me atraparon. “Escucha, Garnion”, susurró. Su mano en mi mentón. Temblé. Miedo y deseo revueltos en el estómago. Quería huir. Quería más. Sus labios se acercaron. Suaves. Cálidos. El primer roce. Electricidad. Mi inocencia se resquebrajó ahí. No era un beso cualquiera. Era rendición.
La aproximación: miedo y deseo en el jardín
Sus labios presionaron los míos. Violentos. Su lengua invadió mi boca. Salada. Húmeda. Respondí. Frenético. Mi lengua danzó con la suya. Olvidé la humillación. Solo existía ella. Mi polla rozaba la hierba, dura como piedra. Deseo salvaje. Quería follarla ahí. Montarla. Pero no. Era su esclavo. Sus manos en mi nuca. Me apretaba contra ella. Gemí en su boca. Corazón a mil. Sudor goteando. Sensaciones nuevas explotaban: sumisión ardiente, placer en la entrega.
Nos separamos. Jadeantes. La miré. Sonreí. Besé su pie derecho. Impulso puro. Su piel suave. Salada. Luego el izquierdo. Mi polla goteaba pre-semen. Volvimos al manoir a cuatro patas. Ella me guiaba. Yo, cachorro sumiso. En el salón, Klora trajo vino. Me arrodillé. Besé sus pies. Erección total. Vergüenza ardiente. Lévana sonrió.
La huella: aceptando la esclavitud con placer
“Ven a mis rodillas”, ordenó. Me tendí sobre su regazo. Cabeza en su brazo. Polla contra su falda. Suave tela. “Punition para mi placer”. Sus caricias en mis nalgas. Luego, la primera nalgada. Calor. Dolor dulce. Derecha. Izquierda. Cada golpe, fuego. Grité. Lágrimas calientes. Humillación visceral. Pero mi polla latía contra ella. Placer en el dolor. Más fuerte. Gemí alto. Ella amaba mis gritos. Diez minutos. Agonía exquisita. Paró.
“Besa mis pies, agradéceme”. Caí. Labios febriles en su piel. Amor instantáneo por la servidumbre. Lágrimas de alivio. Mi polla, hinchada, lista para explotar. Me abrazó. Beso tierno. Lenguas de nuevo. Vino en mis labios. Me senté a sus pies. Tragamos. Ojos en ojos. “Serás del Sumo Sacerdotisa”. Miedo. Pero excitación mayor. Mi vida cambió. Inocencia rota. Adulto en sumisión.
Ahora, años después, recuerdo esa tarde. El jardín. El beso. Las nalgadas. Fin de mi rebeldía. Inicio de éxtasis esclavo. Cada latido, cada roce, me forjó. Amo esa marca. Nervios que se volvieron adicción. Mi primera vez. Eterna.