En la habitación del hotel, el corazón me latía en la garganta. Habíamos huido de aquellas locas, mi Eileen con mi camisa a cuadros, yo con el miedo y la polla tiesa de puro nervio. Nos reímos al principio, aliviados, pero el aire se cargó rápido. Ella me miró fijo, seria. ‘Dame todo tu dinero’, dijo. Se lo di, billetes temblando en mi mano. Contó el fajo sin pestañear. Yo me tumbé en la cama gemela, resignado. Había salvado el pellejo, eso bastaba. Pero sus ojos verdes me clavaron. ‘Ahora que tengo pasta, compro tu cuerpo. ¿Cuánto?’ El pulso se me aceleró. No era un príncipe, pero ella me quería. ‘J’m’appelle Eileen, acostúmbrate. Necesito una buena polla para olvidar esta mierda, pero yo mando. ¿Trato?’ Mostró la pasta. Asentí, mudo. Antoine, me presenté mientras ella tiraba de mi pantalón. No había marcha atrás. El deseo me quemaba, mezclado con pánico. ¿Y si era torpe? ¿Y si no la complacía? Su aliento caliente en mi piel, manos firmes. Me quedé quieto, expuesto. Ella al mando, primera vez así. Corazón retumbando, sudor frío en la nuca.
Sus dedos ásperos por el cartonaje bajaron mi bóxer. Mi polla saltó, dura como nunca, venas hinchadas de anticipación. ‘Buena verga, continentino’, murmuró. Se lamió los labios, rizada pelirroja cayéndole en la cara. Se quitó la camisa despacio, tetas grandes bamboleándose libres, pezones rosados duros. La touffe rusa brillaba húmeda. Se subió encima, frotando su coño mojado contra mi punta. ‘No toques aún’, ordenó. Gemí, caderas queriendo subir. Nervios me traicionaban, temblaba entero. Ella se hundió lento, centímetro a centímetro. Calor abrasador, apretado como virgen. ‘¡Joder!’, grité. Sus paredes me ordeñaban, jugos chorreando por mis huevos. Empezó a cabalgar, salvaje, tetas rebotando en mi cara. Yo solo gemía, manos quietas. Primer contacto real, carne viva contra carne. Olía a mar, a sudor, a mujer no robot. Bombeaba fuerte, clítoris rozando mi pubis. ‘¡Fóllame bien!’, exigía. Perdí el control, embestí desde abajo. Explosión: contracciones en su coño, leche mía llenándola. Gritó mi nombre, Antoine, arañándome el pecho. Sudor pegándonos, alientos entrecortados. Duró horas, ella probando posiciones, mi culo arriba, lengua en sus pliegues salados. Malabares torpes al inicio, pero fuego puro. Sensaciones nuevas: rendirme, ser usado, placer en la sumisión.
La aproximación: espera y pulso desbocado
Despertamos enredados en la cama estrecha, pegotes secos entre las piernas. Mi inocencia de solitario balte se rompió esa noche. Ya no era el tipo que compraba mujeres; era suyo, suyo de ella. Corazón calmado ahora, pero marcado. Esa entrega abrió horizontes: la isla, las noches de cartas, tetas de todas contra mi piel. Fin de la soledad, paso a adulto en un mundo de hembras libres. Eileen ronca suave a mi lado, pelirroja feliz. Yo, binando campos, esperando mi turno. Nervios gone, solo eco de ese primer latido desbocado.