En el asiento del copiloto del 4×4, con la cagulla cubriéndome la cara, el corazón me martilleaba el pecho. Hacía frío, pero sudaba. El motor rugía suave en la noche solognota. Él acababa de arrancar, máscara quitada para conducir. Su perfil duro, voz grave pidiendo silencio. Yo, Alexandra, desnuda bajo la bata de seda, piernas temblando aún del terror. Pero algo nuevo bullía. Miedo al depravado de Beisse mezclado con un cosquilleo traidor entre los muslos. Sus brazos me habían cargado como a una pluma. Calor de su cuerpo contra el mío. ‘S’il m’embrassait’, pensé en francés, mi idioma secreto. No retrocedería. Esta noche había roto todo. El salvador enmascarado era mi puerta al abismo.
La carretera serpenteaba. Dos horas a París. Yo fingía dormir, ojos entreabiertos bajo la tela. Su mano en la palanca, músculos tensos bajo camuflaje. Olía a sudor limpio, cuero y pólvora. Mi pezón rozaba la bata, endurecido por el roce del asiento. Nervios. ¿Y si me tocaba? ¿Y si no? Respiraba hondo, coño húmedo ya, traicionándome. Recordaba su susurro en la cruz: ‘No soy el malo’. Su aliento caliente en mi oreja. Ahora, aquí, solos. El deseo crecía, palpitante. Latidos en la garganta. No hay marcha atrás. Quería su piel, su rudeza. Primera vez que un hombre me hacía arder así. Mi padre me abrazaba inocente; él, prometía fuego.
La aproximación nerviosa
Pasó una curva brusca. Mi cuerpo se inclinó hacia él. Hombro contra su brazo. Electricidad. No se apartó. ‘¿Estás bien?’, murmuró. Quité la cagulla un segundo, ojos encontrándose en penumbra. ‘Sí. Pero no pares’. Voz ronca, mía. Él frenó en un claro boscoso. Motor apagado. Silencio roto por mi pulso. Se giró, guantes quitados. Manos grandes en mi cara. Labios rozando los míos. Dudó. Yo ataqué. Boca abierta, lengua torpe buscando la suya. Sabor a menta y peligro. Maladroite, excitante. Sus dedos bajaron la bata, palmas en mis tetas. Pezones duros como piedras. Gemí. Él gruñó.
Primer contacto brutal. Sus manos bajaron, abrieron mis piernas. Dedos gruesos rozando mi triángulo negro. Húmeda, chorreando. ‘Joder, estás empapada’, voz deformada aún por emoción. Entró un dedo. Luego dos. Estiré, virgen de esto. Dolor dulce, plenitud nueva. Bombeaba lento, pulgar en clítoris. Cuerpo arqueado, uñas en su cuello. Camisa rasgada. Su polla, dura contra mi muslo. Gorda, venosa. La palpé torpe, primera vez agarrando una así. Él jadeaba. Me bajó al asiento trasero. Roba tirada. Me abrió crudo. Lengua en mi coño, lamiendo jugos. Explosión. Orgasmo primerizo violento, piernas temblando, grito ahogado.
La huella imborrable
Entró en mí. Lento al inicio, maldestro. Yo virgen emocional, él cuidadoso pero feroz. Empujones profundos, pelvis chocando. Sudor mezclado. ‘Más’, supliqué. Ritmo acelerado, corazón desbocado. Sentí su grosor estirándome, llenándome. Nueva yo nacía. Eyaculó dentro, calor inundando. Colapsamos, pegados.
Después, silencio. Me vistió la bata, ojos suaves. ‘No dirás nada’. Asentí. Me dejó en casa de Penny, dos de la mañana. Puerta cierra, él se va. Feux traseros desaparecen. Toco mi piel marcada. Inocencia rota. Ahora mujer, adicta al vicio. Aquella noche en Sologne, el desconocido no solo me salvó: me follo por primera vez al placer visceral. Nervios convertidos en ansia eterna.