En el despacho de Émilien, con la Torre Eiffel erguida como un dedo acusador al fondo de la ventana. El té humeaba olvidado. Mi corazón latía desbocado. Él se acercó por detrás. Sus manos en mis hombros. Temblé. ‘¿Qué ves?’, murmuró. La Seine, los barcos, la torre de hierro. Pero yo solo sentía su aliento en mi nuca. Nervios me atenazaban el estómago. ¿Y si alguien entraba? ¿Y si era un error? Valentin me había herido, me llamó insípida, inexperta. Émilien era diferente. Maduro, seguro. Sus palmas bajaron a mi cintura. Presión suave. Mi respiración se aceleró. No retrocedí. Lo deseaba. El desconocido me excitaba. Sus dedos rozaron mis caderas. Me giré. Nuestros ojos se clavaron. Labios entreabiertos. El primer beso fue tímido, labios apenas tocándose. Luego, hambre. Su lengua invadió mi boca. Gemí bajito. Manos en mi espalda, atrayéndome. Mi pecho contra el suyo. Duro. Caliente. Corazón retumbando. No hay marcha atrás. Lo sabía.
Sus manos bajaron mis jupones. Desnuda hasta la cintura. Pechos expuestos. Fríos al aire. Él los miró, hambriento. Los tomó. Suaves al principio. Luego, apretó. Dolor dulce. ‘Te duelen’, dijo. Boca en un pezón. Chupó. Lamio. Rayos de placer bajaron a mi sexo. Piernas flojas. Me apoyé en la mesa. Dedos bajo faldas. Nada me cubría allí, como él mandó. Rozó mi humedad. Entró un dedo. Lentoo. Gemí fuerte. Otro dedo. Ritmo. Cuerpo arqueado. ‘Déjate ir’, susurró. Explosión. Jugos corrieron. Primera vez gozando así. Gritando sin pudor. Pero quería más. El tabú. Mi virginidad. ‘Hoy’, pensé. Nervios y fuego. Él me levantó. Mesa fría en nalgas. Pantalones bajados. Su miembro tieso. Grueso. Venoso. Lo miré. Miedo. Deseo. ‘Despacio’, pedí. Cabeza en mi entrada. Presión. Dolor agudo. Lágrimas. Paró. Besó mi frente. ‘Relájate, mi Augustine’. Empujó suave. Rasgó el velo. Sangre tibia. Lleno. Completo. Dolor se fundió en plenitud. Movió caderas. Lento. Profundo. Cada embestida, latido. Sudor mezclado. Uñas en su espalda. Gemidos míos, suyos. Ritmo acelera. Placer sube. Explosión nueva. Él gruñó. Calor dentro. Semilla. Colapsamos. Jadeos.
La Aproximación
Después, vacío dulce. Inocencia ida. Cuerpo adolorido, pero vivo. Émilien me acunó. ‘Mi mujer ahora’. Sonreí. Valentin olvidado. Nueva yo. Mujer. Sus dedos trazaban mi piel. Torre Eiffel testigo muda. Miré la ventana. París cambiaba. Yo también. Pecho subía y bajaba. Corazón calmado. Pero excitado por recuerdos. Aquella torpeza mía, besos inexpertos, caderas torpes respondiendo. Nervios previos, ahora orgullo. Paso a adulta. Horizonte abierto. Placer descubierto. No más niña. Émilien me besó. ‘Otra vez’. Reí. Listo. Pero esa primera, eterna. Marcó mi carne, alma. Bajo la torre naciente, renací.