En el salón, hundida en el sofá. Puertas cerradas, persianas bajas. El corazón me late fuerte, como un tambor en el pecho. Son las ocho. Henry espera al otro lado. No sé su edad real, ni su cara. Solo palabras. Un juego peligroso. ‘El primero que correte, pierde’, dijo. Pero ya sé que perderé. O ganaré. La curiosidad me quema. Tengo un poco más de veinticinco. Él, décadas más. Quiere desvergonzarme. Miedo y ganas se revuelven en mi vientre. Manos sudadas sobre el móvil. No hay vuelta atrás. El pitido llega. ‘¿Estás ahí?’ Sí. Nu. Desnudo en su cama. Yo, camisa larga y bragas simples. Me tumbo entre cojines. El aire espeso. Siento su mano subir por mi pantorrilla. Lentamente. Cosquillea en la rodilla. Masajea el muslo. Me relajo. Fondo. Cabeza atrás, ojos entrecerrados. Respiro corto. Mordisqueo el labio.

Sus dedos suben. Rozan mis nalgas. Las amasan. Levantan la camisa. Tocan la tela de las bragas. ‘Despacio’, pienso. Pero abro la camisa. Pezones duros. Los pellizco. Boca húmeda muerde mi hombro desnudo. ‘¡Coquine!’, escribe. Sigo sus órdenes. Manos en el vientre. Las suyas, descargas en el interior del muslo. Piel frágil. Mi clítoris palpita bajo la tela. No aguanto. Me quito las bragas. Deslizo el elástico por piernas temblorosas. Dedos enredan en mis pelos púbicos. Exploran. Su verga dura contra mi muslo imaginado. Quiero que entre. Pero no. Aún no estoy lo bastante mojada.

La Aproximación: Espera temblorosa y deseo inevitable

Su lengua virtual lame mi botón. Dedos lo frotan frenéticos. Imagino su boca. Gimo. Se me escapa. ‘Entra’, suplico. Me penetra lento. Calor. Su polla en mi coño apretado. Me masajea por dentro. Aprieto. Lo aspiro. Se retira. Vuelve fuerte. Golpe de cadera. Otra vez. Frotándome contra el sofá. Pechos aplastados. Basin elevado. Temblores. Olas. Grito. Él también. Perdemos juntos. Corro. Espasmos. Piernas flojas.

Effondrée contra el reposabrazos. Espasmo final en la pierna. Calma invade. Torpor. Sudor frío. El móvil vibra aún con su último mensaje. ‘Continuaré desvergonzándote’. Sonrío débil. Inocencia rota. Ya no soy niña. Aquel chat abrió puertas. Sensaciones nuevas grabadas en la piel. El placer del desconocido. La maladresse excitante de teclear gemidos. Corazón calmado ahora. Pero late el recuerdo. Adulta al fin. Marcada por esa primera vez digital, visceral.

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