En el jardín de esa casa ajena, el corazón me latía desbocado. Sudaba. La había seguido hasta allí, mi Aurélie, con su vestido rojo de verano pegado al cuerpo perfecto. Sin sujetador, lo sabía. Sin bragas, lo descubriría pronto. Me colé por la valla, pasos sigilosos entre arbustos. Terror y erección mezclados. ¿Volver atrás? Imposible. La curiosidad me quemaba.

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La terraza abierta. Baía vitrée entreabierta. Dos tazas de café intactas. Entré. Silencio. Un gemido lejano. Su voz. La conocía de sobra. Avancé, temblando. Puerta de madera entreabierta. Espejo reflejando el dormitorio blanco. Inmaculado. Ella, de rodillas en la cama, besando a ese joven dios moreno. Treinta años, músculos bronceados, bermudas abultados. Ella, sin zapatos, frotándose contra él. Manos en su pelo rizado. Gemía bajito.

La aproximación: espera, miedo y deseo

Se miraban. Con ella nunca lo hacía así. Relajada, salvaje. Él le bajaba la tira del vestido. Pecho al aire. Tetones perfectos, pezones duros como nunca. Los devoraba. Ella arqueaba la espalda, gimiendo fuerte. “Sí…”. Mano entre sus muslos. Sin panties. Dedos precisos en su clítoris. La vi crisparse. Ojos vidriosos. “Oh sí, más…”. Estaba al borde. Yo, tieso como piedra, palpitando.

Ella tomó el mando. Le quitó la camisa. Cuerpo de atleta. Abs, hombros anchos. Lo besó, mordió. Mano en su paquete. Enorme. Lo tumbó. Lo masturbaba lento. Mano pequeñita en esa verga bestial. Veinte centímetros, gruesa. “Eres guapo… Me encanta tu polla”. Lo chupó. Boca deformada, babas goteando. Él gemía. Dos manos en la base. Se paró. “Te quiero dentro… despacio, no estoy acostumbrada”.

El instante y la huella: explosión y fin de la inocencia

Él encima. La penetró suave. Ella, cara de dolor-placer. Ojos cerrados, boca abierta. Entraba centímetro a centímetro. Ritmo lento, luego feroz. Piernas en alto. “¡Fóllame fuerte! ¡Sí, tu polla, la siento toda!”. Gritaba. No gemía como conmigo. Gritaba. Uñas en su espalda. Él la apaleaba. Orgasmos. Tres, conté. Yo eyaculé en el suelo, polla ridícula en mano. Incontrolable.

La puso a cuatro patas. Le comió el coño hinchado. Ella ronroneaba, empujaba nalgas. Nueva corrida para ella. Luego, levrette brutal. “¡Ven en mí!”. Él obedeció. Rales simultáneos. Figados el uno en el otro.

Salí huyendo. Traces en el suelo. Fuera, KO. Excitado, destrozado. Nunca la follaré igual. Esa visión me arrancó la inocencia. Sabía de mi polla mediocre. Ahora, lo vi real. Fin de una era. Adulto a la fuerza.

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