Estábamos en la orilla del Sena. El agua hedía, pero a ella no le importaba. Saltaba como una loca, giraba, sus pies descalzos en el río sucio. Mi corazón latía fuerte. Nervios. Excitación. Sabía que no había vuelta atrás. ‘Chéri, tengo ganas de que me hagas un bebé’, dijo. Sus palabras me golpearon. Subió un montón de grava. La seguí. La perseguí. Rodamos al otro lado, sobre la arena húmeda. Su coño al aire. Sin bragas. Jugoso. Listo.
El primer contacto. Mi lengua en su sexo. La probé por primera vez. Salada, caliente, empapada. Lamía con hambre. Ella gemía. Me guiaba con las manos. ‘Come, come más’. Su cuerpo temblaba. Nervios en mi estómago. ¿Era esto real? Mi polla dura como nunca. Ella gritaba. Un rugido animal. Se corría en mi boca. Explosión. Sensaciones nuevas. Mi inocencia se rompía ahí, en esa orilla mugrienta.
La Aproximación: Tensión en la Orilla
Volvimos al piso de Béatrice. Habitación de invitados. Sin condones nunca. Lo sabía, ella no. Pero qué coño. Hacíamos el amor despacio. Tierno. Horas. Cabalgaba suave. Risas. Besos. Su piel suave. Entraba en ella crudo. Piel con piel. Latidos acelerados. Maladroite, torpe al principio. Sudor. Olores. Ella susurraba: ‘Un día probaremos el culo, pero ahora me duele’. Luego, suave: ‘Quiero todo contigo. Placeres, locuras… hasta matar a tu mujer’. Sus palabras helaron. Pero la follé de nuevo. Vino encima. Dormimos al amanecer.
Esa noche cambió todo. Pasé de flic hastiado a hombre vivo. Fin de la inocencia. Ahora ella o la muerte. El corazón aún late recordándolo. Nervios dulces. Excitación eterna.