Desde la muerte de mi adorada esposa el año pasado, mi movilidad se redujo con las velas acumuladas en mi torta de cumpleaños. La alcaldía de Brest me asignó una ayudante regordeta y fofoide que nunca despertó en mí ni un atisbo de lujuria. Pero a principios de julio llegó ella, Valérie, la sustituta de verano, recién salida del liceo. Tenía dieciocho años. Su cuerpo armónico, pechos orgullosos, culo musculoso y redondo, despertaron al joven que fui. Solo mirarla hacía que mi sangre intentara poseer mi vieja verga, cansada de tantos asaltos en mi vida epicúrea. Mi corazón latía fuerte. Sabía que no había marcha atrás.
Se inclinó para servirme la comida. Su escote dejó ver un par de tetas en forma de manzana, pezones delicados. No resistí. Mis manos recorrieron su culito regordete. Ella fingió ofenderse, pero noté su halago. Le expliqué el torbellino que provocaba en mí. Touched, pícaro, me dejó meter la mano bajo su falda. Su piel suave, nalgas firmes, surco aterciopelado. Pasé los dedos bajo su braga de algodón. Sentí un leve endurecimiento. ¡Dios, hacía tanto! Mi esposa, con nalgas caídas y tetas flojas, ya no me excitaba. Ni la yegua habitual de ayudante. Esa noche le regalé un plumier de nácar que codiciaba.
La aproximación: nervios y deseo incontrolable
Al día siguiente, minifalda y cachecœur. Sin sujetador. Su falda se abría mostrando muslos juveniles. Al agacharse, vi la curva de sus tetas de alabastro. Pidió mostrarlas. Curvas graciosas, erguidas. Se acercó, ofreció pezones a mi boca. Lamí en ochos, subiendo colinas voluptuosas. Barrí los pezones tiesos. Los apreté con labios, mordisqueé. Gimió bajito, la zorrita. Mientras chupaba uno, amasaba el otro. Erección real esta vez. Corazón desbocado. Me excusé para masturbarme en el baño. Por primera vez en años, semen brotó de mi polla. ¡Como a los quince!
Días así. Me mostraba partes de su anatomía, nunca todo. Exacerbaba mi deseo. Yo le daba regalos: objetos antiguos, joyas de mi mujer. El día de la separación, dijo que era su turno. Cerró las persianas, puso mi sillón frente a la ventana con rayos de sol. Me sentó allí. Comenzó un striptease lánguido. Primera vez completamente desnuda. Un cañón total. Quise tocarla, pero no. Frotó tetas en mi cara. Lamí. Luego su culo, su coño. Me untó con sus jugos de chica joven. Sabían a frescura. Besé su clítoris firme. Se arrodilló. ‘No quiero follar contigo, pero…’
El clímax y la huella eterna del placer
Desabrochó mi bragueta, bajó pantalón y slip de abuelo. Mi polla vieja, erecta. La tomó en boca. Astuta maestra. Miraba mi verga en esa boca joven. ¿Cómo aprendió tanto? Lengua por el pene, giraba en el glande, lo apretaba con labios carnosos. Placer intenso. Masajeaba mis huevos, los chupaba juntos. Me contuve, pero eyaculé chorros calientes en su garganta. ¡Lo tragó todo! Se lamió los labios. Amaba mamar, incluso mi polla decrépita.
Se vistió, me dio besos en la frente y se fue. Viví un verano indio sensorial. Ahora espero la muerte sereno. Sin su dirección, nunca la vi más. Mi inocencia perdida revivió. Aquella felación borró años de sequía. El corazón aún late al recordarlo. Fin de una era, inicio de paz carnal.