Bajé del baño, exhausto. El salón de nuestra casa victoriana en el oeste de Montreal olía a madera antigua y polvo de curiosidades. Marie estaba en el gran sillón, en pijama de chico, piernas recogidas, gafas en la nariz, cabello rojo recogido. Hojeaba su revista al revés. ‘Marie, al derecho’, murmuré. Giró la página sin mirarme. Me dejé caer en el sofá, gimiendo. Cada músculo dolía tras el día en el jardín trasero, limpiando el estanque de Neptuno, apilando ramas.

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Ella sonrió, pecho entreabierto, pezón derecho asomando. Hablamos de cena, de mi dolor. ‘¿Quieres una mamada?’, soltó de pronto. Mi corazón latió fuerte. Hacía 132 horas desde la última. Estadísticas, posiciones exóticas: pulpo, loto, leona. Me excitaba su voz ronca, pero fingí dormir, ronquidos falsos. Ella siguió, tentándome con orgasmos femeninos, punto G, multiorgasmos. Yo, harto, me giré de espaldas.

La aproximación: nervios y deseo en el sofá

‘Paul, ¿me haces un sándwich?’, pidió. Demasiado. Seguí fingiendo. Silencio. Luego, gemidos suaves. Mi pulso se aceleró. ¿Qué hacía? Espera. Miedo y deseo mezclados. No podía girarme aún. El corazón me martilleaba el pecho. Sabía que no retrocedería. Esto era nuevo, prohibido. Nuestra rutina se rompía.

Sus gemidos crecieron. Pecho desnudo, mano en el pijama. Se tocaba. Nervios me invadían: ¿y si me pillaba? Excitación ardía en mis venas. Sudor frío en la nuca. Esperé, conteniendo la respiración. Cada suspiro suyo era un latido en mi polla, que endurecía.

El instante estalló. Silenciosamente, agarré el mando. La cámara de seguridad, nueva en el museo, grababa en HD. Zoom: sus tetas pesadas, caídas con gracia, pezones duros. Mano derecha bajo el elástico, frotando. Labios mayores hinchándose, clítoris saliendo. Gemía de verdad. Mi polla saltó del pantalón. Me pajeé lento, ojos fijos en ella. Sensaciones brutas: venas hinchadas, pre-semen goteando. Primer contacto visual prohibido. Su dedo en la raja húmeda, círculos en el clítoris. Cuerpo arqueándose. Mi mano aceleró, palma resbaladiza.

La huella: el despertar tras el descubrimiento

Ella se metió un dedo, agitándolo. Vagina chorreando. Otro dedo, presiones. Sus pechos temblaban, pellizcados. Yo, jadeando quedo, polla palpitante. Primera vez viéndola así, salvaje, sola. Explosión sensorial: calor en el bajo vientre, bolas tensas. Su orgasmo llegó: contracciones, muslos temblando, cara roja. Gritó bajito. Siguió, segundo clímax, dientes apretados, uñas en la teta. Cyprine chorreando. Mi corrida se acercaba, prohibida y pura.

Abrió los ojos. Me vio. Polla en mano, tele con su imagen. ‘¡Sacramento! ¡Estás muerto!’, rugió, riendo. Saltó sobre mí. Besos furiosos. ‘¿Clitoriano o vaginal?’, pregunté. Se rio, montándome. Nuestros cuerpos chocaron. Esa noche probamos posiciones locas: el puente, la leona. Gritos en el museo vacío. Sudor, fluidos mezclados.

Después, tumbados en el sofá, jadeantes. Inocencia rota. Ya no éramos el casal rutinario. Esa masturbación espiada abrió horizontes: confianza total, juegos sucios. Mi corazón aún late fuerte al recordarlo. Fin de una era, inicio de deseo eterno. Dolor muscular olvidado en éxtasis compartido.

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